Era el jardín con toda propiedad un pensil, pues á cuantos le lograban, suspendía. Fuése acercando Andrenio al mejor centro de su amenidad, donde estaba la primavera deshilando copos en jazmines, digo la vana Venus de este Chipre, que nunca hay Chipre sin Venus.

Salió Falsirena á recibirle, hecha un sol muerto de risa y, formando de sus brazos la media luna, le puso entre las puntas de su cielo. Mezcló favores con quejas, repitiendo algunas veces:

¡Oh primo mío sin segundo! ¡Oh, señor Andrenio! Seáis tan bienvenido como deseado.

Mas, ¿cómo? decía mudando á cada palabra su afecto, ensartando perlas hilo á hilo y mentiras en cadena, ¿cómo os lo ha permitido el corazón, que estando aquí esta casa tan vuestra, os hayáis desterrado á una posada, siquiera por las obligaciones de parentesco, cuando no por la conveniencia de regalo? Viéndoos estoy y no lo creo: ¡Qué retrato tan al vivo de vuestra hermosa madre! ¡Á fe que no la desmentís en cosa! ¡No me harto de miraros! ¿De qué estáis tan encogido? ¡Al fin como tan fresco cortesano!

Señora, respondió, yo os confieso que estoy turbadamente admirado de oiros decir que seáis mi prima, cuando yo ignoro madre, desconociendo á quien tanto me ha desconocido. Yo no sé que tenga pariente alguno: tan hijo soy de la nada. Mirad bien no os hayáis equivocado con algún otro más dichoso.

¡Que no, dijo, señor Andrenio! No por cierto. Muy bien os conozco y sé quién sois y cómo nacisteis en una isla en medio de los mares. Muy bien sé que vuestra madre es mi tía y señora. ¡Ah, qué linda era! Y aunque por eso tan poco venturosa. ¡Oh, qué gran mujer y qué discreta! Violencias
del amor.
¿Pero qué Dánae escapó de un engaño? ¿Qué Elena de una fuga? ¿Qué Lucrecia de una violencia? ¿Y qué Europa de un robo? Viniendo, pues, Felisinda, que éste es su dichoso nombre...

Aquí Andrenio se conmovió entrañablemente, oyendo nombrar por madre suya la repetida esposa de Critilo. Notólo luego Falsirena y porfió en saber la causa.

Porque he oído hartas veces ese nombre, dijo Andrenio.

Y ella:

Ahí veréis que no os miento en cuanto digo. Estaba, pues, Felisinda casada en secreto con un tan discreto cuan amante caballero, que quedaba preso en Goa; si bien en su corazón le traía y á vos por prenda suya en sus entrañas. Ejecutáronla los dolores del parto en una isla, debiendo al cielo dobladas providencias, con que pudo salvar su crédito, no fiándolo ni de sus mismas criadas, enemigas mayores de su secreto. Sola, pues, aunque tan asistida de su valor y su honra, os echó á luz y, cuando os arrojó de sus entrañas al suelo, más blando que ellas, allí, malenvuelto entre unas martas, que le servían á ella de galán abrigo, os encomendó en la cuna de la yerba al piadoso cielo, que no se hizo sordo, pues os proveyó de ama en una fiera, que no fué la primera vez ni será la última que sustituyeron maternas ausencias. ¡Oh, cómo me lo contaba ella muchas veces y con más lágrimas que palabras me ponderaba su sentimiento! ¡Lo que se ha de alegrar cuando os vea! Ahora os restituirá las caricias en abrazos, que allí os negó, violentada de su honor.