Estaba atónito Andrenio, escuchando el suceso de su vida y, careando tan individuales circunstancias con las noticias que él tenía, reventando en lágrimas de ternura, comenzó á destilar el corazón en líquidos pedazos por los ojos.
Lágrimas
quebrantan
peñas. Dejemos, dijo ella, dejemos tristezas ya pasadas, no vuelvan en llanto á moler el corazón. Subamos arriba, veréis mi pobre y ya dichoso albergue. ¡Hola!, prevenid dulces, que nunca faltan en esta casa.
Fueron subiendo por unas gradas de pórfidos, ya pérfidos, que al bajar serían á gatas, á la esfera del sol en lo brillante y de la luna en lo vario. Registraron muchas cuadras, muy desenfadadas todas, tan artesonados los techos, que remedando cielos, hicieron á tantos ver, á su despecho, las estrellas. Había viviendas para todos tiempos, sino para el pasado, y todas eran muy buenas piezas, repitiendo ella:
Todo es tan vuestro como mío.
Mientras duró la dulcísima merienda, le cantaron gracias y le encantaron Circes.
En todo caso habéis de quedar aquí, dijo la prima; aunque tan á costa de vuestro gusto. Dispóngase luego el traeros la ropa, que, aunque aquí no os hará falta, pero basta ser vuestra. No tenéis que salir para ello, que mis criados con una señal la cobrarán y pagarán lo que se debiere.
Será preciso, replicó Andrenio, que yo vaya, porque habéis de saber que no soy solo y que la merced que me hacéis ha de ser doblada. Daré razón á Critilo mi padre.
¿Cómo es eso de padre?, dijo asustada Falsirena.
Y él: Llamo padre á quien me hizo obras de tal y tengo por cierto, según vuestras noticias, que es mi padre verdadero, porque es el esposo de Felisinda, aquel caballero que en Goa quedó preso.
¿Eso más?, dijo Falsirena. Id luego al punto y volved al mismo con Critilo y traed la ropa en todo caso. Mirad, primo, que no comeré un solo bocado ni reposaré un instante hasta volver á veros.