Partió Andrenio, seguido del mismo pajecillo, de la espía y del recuerdo. Halló á Critilo ya cuidadoso. Fuése á echar á sus pies, besándole apretadamente las manos, repitiendo muchas veces:

¡Oh padre!, ¡oh señor mío! que ya el corazón me lo decía.

¿Qué novedad es ésta?, replicó Critilo.

Que no es nuevo en mí, respondió, el teneros por padre, que la misma sangre me lo estaba voceando en las venas. Sabed, señor, que vos sois quien me ha engendrado y después hecho persona. Mi madre es vuestra esposa Felisinda. Que todo me lo ha contado una prima mía, hija de una hermana de mi madre, que ahora vengo de verla.

¿Cómo es eso de prima?, preguntó Critilo. Ese nombre de prima no me suena bien.

Sí hará, porque es muy cuerda. Venid, señor, á su casa, que allí volveremos á oir esta novedad siempre gustosa.

Estaba suspenso Critilo entre el oir tan individuales circunstancias y el temer tantos engaños en la corte. Pero, como es fácil creer lo que se desea, dejóse convencer á título de informarse y así se fueron juntos á casa de Falsirena.

Parecía ya otra, siempre mejorada y, aunque ahora muy á lo grave y autorizado pero siempre con apariencias de un cielo.

Seáis muy bienllegado, dijo ella, señor Critilo, á esta vuestra casa, que sólo ignorarla os ha podido escusar de no haberla honrado antes. Ya os habrá referido mi primo las obligaciones recíprocas de nuestro parentesco y cómo su madre y vuestra esposa, la hermosa Felisinda, era mi tía y mi señora y mucho más amiga, que parienta. Harto sentí yo su falta y aun la lloro.

Aquí sobresaltado Critilo: