La Lujuria, la nombrada, la famosa, la gentil pieza, como tan grande y tan poderosa, pareciéndola corta una sola provincia, se extendió por todo el mundo, ocupándolo de cabo á cabo. Concertóse con los demás vicios, aviniéndose tanto con ellos, que en todas partes está tan valida, que no es fácil averiguar en cuál más. Todo lo llena y todo lo inficiona.
Pero como la mujer fué la primera con quien embistieron los males, todos hicieron presa en ella, quedando rebutida de malicia de pies á cabeza.
Esto les contaba Egenio á sus dos camaradas, cuando, habiéndolos sacado de la corte por la puerta de la luz, que es el sol mismo, les conducía á la gran feria del mundo, publicada para aquel grande emporio, que divide los amenos prados de la juventud de las ásperas montañas de la edad varonil y donde de una y otra parte acudían ríos de gente, unos á comprar y otros á vender y otros á estarse á la mira, como más cuerdos.
Entraron ya por aquella gran plaza de la conveniencia, emporio universal de gustos y de empleos, alabando unos lo que abominan otros. Así como asomaron por una de sus muchas entradas, acudieron á ellos dos corredores de oreja, Interés. que dijeron ser filósofos, el uno de la una banda y el otro de la otra, que todo está dividido en pareceres. Díjoles Sócrates, así se llamaba el primero:
Venid á esta parte de la feria y hallaréis todo lo que hace al propósito para ser personas. Mas Simónides, que así se llamaba el contrario, les dijo:
Dos estancias hay en el mundo, la una de la honra y la otra del provecho. Aquélla yo siempre la he hallado llena de viento y humo y vacía de todo lo demás; esta otra llena de oro y plata. Aquí hallaréis el dinero, que es un compendio de todas las cosas. Según esto, ved á quién habéis de seguir.
Quedaron perplejos, altercando á qué mano echarían. Dividiéronse en pareceres, así como en afectos, cuando llegó un hombre, que lo parecía, aunque traía un tejo de oro en las manos y llegándose á ellos, les fué asiendo de las suyas y refregándolas en el oro, reconociéndola después.
¿Qué pretende este hombre?, dijo Andrenio.
Yo soy, respondió, el contraste de las personas, el quilatador de su fineza.
¿Pues qué es de la piedra de toque?