Ésta es, dijo señalando el oro.

¿Quién tal vió?, replicó Andrenio. Antes el oro es el que se toca y se examina en la piedra Lidia.

Así es; pero la piedra de toque de los mismos hombres es el oro. Á los que se les pega á las manos, no son hombres verdaderos; sino falsos. Y así al juez, que le hallamos las manos untadas, luego le condenamos de oidor á tocador. El prelado, que atesora los cincuenta mil pesos de renta, por bien que lo hable, no será él boca de oro; sino bolsa de oro. El cabo con cabos bordados y mucha plumajería, Don Claudio
San Mauricio.
señal que despluma á los soldados y no los socorre, como el valiente borgoñón don Claudio San Mauricio. El caballero, que rubrica su ejecutoria con sangre de pobres en usuras, de verdad que no es hidalgo. La otra, que sale muy bizarra, cuando el marido anda deslucido, muy mal parece. Y en una palabra, todos aquellos, que yo hallo que no son limpios de manos, digo que no son hombres de bien. Y así tú, á quien se te ha pegado el oro, dejando el rastro en ellas, dijo á Andrenio, cree que no lo eres: echa por la otra banda. Pero éste, señalando á Critilo, que no se le ha pegado ni queda señalado con el dedo, éste persona es: eche por la banda de la entereza.

Antes, replicó Critilo, para que él lo sea también, importará me siga.

Comenzaron á discurrir por aquellas ricas tiendas de la mano derecha. Leyeron un letrero, que decía:

Aquí se vende lo mejor y lo peor.

Entraron dentro y hallaron se vendían lenguas para callar, las mejores para mordérselas y que se pegaban al paladar. Un poco más adelante estaba un hombre, tan lejos de pregonar su mercadería, que por ademanes intimaba el silencio.

¿Qué vende éste?, dijo Andrenio.

Y él al punto puso el dedo índice en la boca.

Pues deste modo, ¿cómo sabremos lo que vendes?