Sin duda, dijo Egenio, que vende el callar.

Secreto. Mercadería es bien rara y bien importante, dijo Critilo. Yo creí que se había acabado en el mundo. Ésta la deben traer de Venecia, especialmente el secreto, que acá no se coge. ¿Y quién le gasta?

Eso estase dicho, respondió Andrenio: los anacoretas, los monjes, porque ellos saben lo que vale y aprovecha.

Pues yo creo, dijo Critilo, que los más que lo usan no son los buenos; sino los malos. Los deshonestos callan, las adúlteras disimulan, los asesinos punto en boca, los ladrones entran con zapato de fieltro y así todos los malhechores.

Ni aun ésos, replicó Egenio; que está ya el mundo tan rematado, que los que habían de callar, hablan más y hacen gala de sus ruindades. Veréis el otro, que funda su caballería en bellaquería, que no le agrada la torpeza, si no es descarada. El acuchillador se precia de que sus valentías den en rostro. El lindo, que se hable de sus cabellos. La otra, que se descuida de sus obligaciones y sólo cuida de su cara cara, ostenta las galas cuando más la descomponen. El mal ladrón pretende cruz. Y el otro pide el título, que sea sobreescrito de sus bajezas. Deste modo todos los ruines son los más ruidosos.

Pues, señores, ¿quién compra?

El que apaña piedras, el que hace y no dice, el que hace su negocio y Harpocrato, á quien nadie reprende.

Sepamos el precio, dijo Critilo: que querría comprar cantidad, que no sé si lo hallaremos en otra parte.

El precio del silencio, les respondieron, es silencio también.

¿Cómo puede ser eso, si lo que se vende es callar? ¿La paga cómo ha de ser?