Mira bien esta sortija, que el amigo ha de venir como anillo en dedo: ni tan apretado, que lastime, ni tan holgado, que no ajuste con riesgo de perderse. Atiende mucho á este diamante, no falso, sí al tope, cuando conviene, y aun haciendo punta, otras veces cuadrado y en almohada del consejo, con muchos fondos y quilates de fineza tan firme, que ni en el yunque quiebra, expuesto á los golpes de la fortuna, ni con las llamas de la cólera salta ni con el ungüento de la lisonja ni del soborno se ablanda; sólo el veneno de la sospecha le puede hacer mella.
Veneno
de la amistad. Fué haciendo erudito alarde de preciosísimos símbolos de la amistad. Á lo último sacó un pomito de olor, que despedía una fragancia muy confortante y, cuando yo creí ser alguna quinta esencia de ámbar, realzado del almizcle, me dijo:
No es sino de un rancio néctar de un vino, aunque viejo, más jubilante, que jubilado. Bueno para amigo, que conforte el corazón, que le alivie y que le alegre y juntamente sane las morales llagas.
Entregóme, al despedirme, esta lámina preciosa, con este su retrato, dedicado á la amigable fineza.
Miráronle todos con admiración y aun repararon en que aquellos rostros eran sus verdaderos retratos, ocasión de quedar declarada y confirmada la amistad entre todos, muy á la enseñanza del Gerión. ¡Feliz empleo de la varonil edad! Despidiéronse ya, sin partirse, los soldados para sus alojamientos, que en esta vida no hay cosa propia; nuestros dos peregrinos del mundo, no pudiendo hacer alto en el viaje del vivir, salieron á proseguirle por la Francia.
Vencieron las asperezas del hipócrita Pirineo, desmentidor de su nombre á tanta nieve, donde muy temprano el invierno tiende sus blancas sábanas y se acuesta. Admiraron con observación aquellas gigantes murallas, con que la atenta naturaleza afectó dividir estas dos primeras provincias de la Europa, á España de la Francia, fortificando la una contra la otra, con murallas de rigores, dejándolas tan distantes en lo político, cuando tan confinantes en lo material. Y ahora conocieron con cuánto fundamento de verdad aquel otro cosmógrafo había delineado en un mapa estas dos provincias, en los dos extremos del orbe. Caso bien reído de todos: de unos, por no entendido, y de otros, por aplaudido.
Franceses,
antípodas
de España. Al mismo punto que metieron el pie en Francia, conocieron sensiblemente la diferencia en todo, en el temple, clima, aire, cielo y tierra; pero mucho más la total oposición de sus moradores, en genios, ingenios, costumbres, inclinaciones naturales, lengua y trajes.
¿Qué te ha parecido de España?, dijo Andrenio.
Murmuremos un rato della, aquí donde no nos oyen.
Censura
de España. Y aunque nos oyeran, ponderó Critilo, son tan galantes los españoles, que no hicieran crimen de nuestra civilidad. No son tan sospechosos como los franceses; más generosos corazones tienen.