¿Búscasme á mí ó á ti mismo? ¿Vienes al uso de todos, que es buscarse á sí mismos, cuando más parece que buscan un amigo? Y si no se advierte antes, se experimenta después, que no los trae otro, que su provecho ó su honra ó su deleite.
¿Quién eres tú, le dije, para saber si te busco, aunque por lo raro ya podría?
Yo soy, me respondió, el de tres uno: aquel otro yo, idea de la amistad, norma de cómo han de ser los amigos. Gerión moral. Yo soy el tan nombrado Gerión. Tres somos y un solo corazón tenemos. Que el que tiene amigos buenos y verdaderos, tantos entendimientos logra. Sabe por muchos, obra por todos, conoce y discurre con los entendimientos de todos. Ve por tantos ojos, oye por tantos oídos, obra por tantas manos y diligencia con tantos pies. Tantos pasos da en su conveniencia, como dan todos los otros. Mas entre todos, sólo un querer tenemos: que la amistad es un alma en muchos cuerpos. El que no tiene amigos no tiene pies ni manos. Manco vive, á ciegas camina. Y ¡ay del solo! Que, si cayere, no tendrá quien le ayude á levantar.
Luego que le oí, exclamé: ¡Oh, gran prodigio de la amistad verdadera, aquella gran felicidad de la vida, empleo digno de la edad varonil, ventaja única del ya hombre! Á ti te busco, criado soy de quien te estima, cuan bien te conoce y hoy solicita tu correspondencia, porque dice que sin amigos del genio y del ingenio no vive un entendido ni se logran las felicidades. Que hasta el saber es nada, si los demás no saben que tú sabes.
Ahora digo, me respondió el Gerión, que es bueno para amigo Salastano. Buen gusto tiene en tenerlos, que lo demás es envidiarse los bienes con necia infelicidad.
Duque
de Nochera. ¡Oh qué bien decía aquel grande amigo de sus amigos y que también lo sabía ser, el duque de Nochera!:
No me habéis de preguntar qué quiero comer hoy; sino con quién: que del convivir se llamó convite.
Desta suerte fué celebrando las excelencias de la amistad y á lo último:
Quiero, dijo, que registres mis tesoros, que para los amigos siempre están patentes y aun ellos son los mayores.
Mostróme lo primero la granada de Darío, ponderando que los tesoros del sabio no son los rubíes ni los zafiros; sino los Zopiros.