No os canséis en eso, me juró y votó un soldado español. Porque yo he rodeado y aun rodado todo el mundo y siempre por tierra de mi rey y, aunque he visto cosas bien raras, como los gigantes en la tierra del fuego, los pigmeos en el aire, las amazonas en el agua de su río, los que no tienen cabeza, que son muchos, y los de sólo un ojo y ése en el estómago, los de un solo pie á lo grullo, sirviéndoles de tejado, los sátiros y los faunos, batuecos y chichimecos, sabandijas todas, que caben en la gran monarquía española, yo no he topado ese gran prodigio, que ahora oigo. Sólo dejé de ver la isla Atlántida por incógnita. Podría ser que allí estuviese, como otras cien mil cosas buenas, que no se hallan.

Naciones
de España.
Que no está tan lejos como eso, le dije; antes me aseguran le he de hallar dentro de España.

Eso no creeré yo, replicó un crítico. Porque primeramente él no estará donde clavan el clavo por la cabeza, nunca cediendo al ajeno dictamen, aun del más acertado amigo. Menos donde de cuatro partes las cinco son palabras y amistad es obras y obras son amores. Pues donde no se dejan falar, sino por servirles farautes, tampoco: que aun de sí mismos no se dignan aquellos señores fidalgos. En tierra corta, donde todo es poca cosa, yo lo dudo. Y hablemos quedo, no nos oigan, que harán punto desto mismo. Pues donde todo se va en flor sin fruto, es cosa de risa y allí todos los hidalgos, aunque muchos, corren á lo de Guadalajara.

¿Y en Cataluña? señor mío, repliqué yo.

Ahí aún podría ser: que los catalanes saben ser amigos de sus amigos.

También son malos para enemigos.

Bien se ve: piénsanlo mucho antes de comenzar una amistad; pero, una vez confirmada, hasta las aras.

¿Cómo puede ser eso, instó un forastero, si allí se hereda la enemistad y llega más allá del caducar la venganza, siendo fruta de la tierra la bandolina?

Y aun por eso, respondió: que quien no tiene enemigos tampoco suele tener amigos.

Con estas noticias me fuí empeñando la Cataluña adentro. Corríla toda, que bien poco me faltaba, cuando me sentí atraer el corazón de los imanes de una agradable estancia, antigua casa; pero no caduca. Fuíme entrando por ella, como Pedro por la suya, y notando á toda observación cuanto veía: que de las alhajas de una casa se colige el genio de su dueño. No encontré en toda ella ni con niños ni con mujeres. Hombres sí y mucho, aunque no muchos, que á prueba me introdujeron allá. Criados pocos: que de los enemigos, los menos. Estaban cubiertas las paredes de retratos, en memoria de los ausentes, alternados con unos grandes espejos. Y ninguno de cristal, por escusar toda quiebra; de acero si y de plata, tan tersos y tan claros, como fieles. Todas las ventanas con sus cortinillas, no tanto defensivo contra el calor, cuanto contra las moscas, que aquí no se toleran ni enfadosos ni entremetidos. Penetramos al corazón de la casa, al último retrete, donde estaba un prodigio triplicado, un hombre compuesto de tres. Digo tres que hacían uno. Porque tenía tres cabezas, seis brazos y seis pies. Luego que me brujuleó, me dijo: