Cuán incurable sea esta hidropesía del oro intenta ponderar esta Crisi, después de haberse desempeñado de aquel plausible portento, que el criado de Salastano con gran gusto de todos refirió desta suerte:
Partí, señor, en virtud de tu precepto, en busca de aquel raro prodigio, el amigo verdadero. Fuí preguntando por él á unos y á otros y todos me respondían con más risa, que palabras. Á unos se les hacía nuevo, á otros inaudito y á todos imposible.
Amigo fiel y verdadero ¿cómo ha de ser y en este tiempo y en este país?
Más lo estrañaban que el fénix.
Amigos de la mesa, del coche, de la comedia, de la merienda, de la huelga, del paseo, el día de la boda, en la privanza y en la prosperidad, me respondió Timón, el de Luciano, de ésos bien hallaréis hartos. Y más, cuando más hartos. Que á la hora del comer son sabañones y á la del ayudar son callos.
Amigo, uno;
enemigo,
ninguno. Amigos, mientras me duró el valimiento, bien tenía yo, dijo un caído: no tenían número por muchos ni ahora por ninguno.
Pasé adelante y díjome un discreto:
¿Cómo es eso? ¿De modo, que buscáis un otro yo? Ese misterio sólo en el cielo se halla.
Yo he visto cerca de cien vendimias, me respondió uno, y diría verdad, porque parecía del buen tiempo, y, aunque toda la vida he buscado un amigo verdadero, no he podido hallar sino medio y ése á prueba.
Allá en tiempo, que rabiaban los reyes, digo, cuando se enojaban, oí contar, dijo una vieja, de un cierto Pilades y Orestes, una cosa como ésa; pero á fe, hijo, que yo siempre lo he tenido más por conseja, que por consejo.