¿Qué murmuráis de mí?, dijo ella misma. ¿Que me he vuelto española? Sed vosotros cuerdos, que nunca para mi rueda. Por eso lo es. Ni á vosotros os para cosa en las manos; todo se os rueda dellas. Será, sin duda, algún antojo y, por lo envidioso, de larga vista, de la felicidad de España.
¡Oh, madrastra nuestra, respondieron ellos, y madre de los españoles! ¡Cómo te sangras en salud! Loores
de Francia. ¿Es posible que, siendo la Francia la flor de los reinos, por haber florecido siempre en todo lo bueno, desde el primer siglo hasta hoy, coronada de reyes santos, sabios y valerosos, silla un tiempo de los romanos pontífices, trono de la tetrarquía, teatro de las verdaderas hazañas, escuela de la sabiduría, engaste de la nobleza y centro de toda virtud, méritos todos dignos de los primeros favores y de inmortales premios, es posible que, dejándonos á nosotros con las flores, les des á los españoles los frutos? ¿Qué mucho hagamos extremos de sentimiento contigo, si tú con ellos haces excesos de favor?
Dísteles las unas y las otras Indias, cuando á nosotros una Florida en el nombre, que en la realidad es muy seca. Y como, cuando tú comienzas á perseguir á unos y favorecer á otros, no paras hasta que apuras, has llegado á verificar con ellos los que antes se tenían por entes de quimera, haciendo prácticos los mismos imposibles, como son ríos de plata, montes de oro, golfos de perlas, bosques de aromas, islas de ámbares. Y, sobre todo, los has hecho señores de aquella verdadera cucaña, donde los ríos son de miel, los peñascos de azúcar, los terrones de bizcocho. Y con tantos y tan sabrosos dulces dicen que es el Brasil un paraíso confitado. Todo para ellos y nada para nosotros. ¿Cómo se puede tolerar?
¿No digo yo, exclamó la Fortuna, que vosotros sois unos ingratos sobre necios? ¿Cómo, que no os he dado las Indias? ¿Eso podéis negar con verdad? Indias os he dado y bien baratas y aun de mogollón, como dicen, pues sin costaros nada.
Indias
de Francia. Y si no, decidme: ¿Qué Indias para Francia, como la misma España? Venid acá: lo que los españoles ejecutan con los indios ¿no lo desquitáis vosotros con los españoles? Si ellos los engañan con espejillos, cascabeles y alfileres, sacándoles con cuentas los tesoros sin cuento, vosotros con lo mismo, con peines, con estuchitos y con trompas de París ¿no les volvéis á chupar á los españoles toda la plata y todo el oro y esto sin gastos de flotas, sin disparar una bala, sin derramar una gota de sangre, sin labrar minas, sin penetrar abismos, sin despoblar vuestros reinos, sin atravesar mares?
Andá y acabá de conocer esta certísima verdad y estimadme este favor. Creedme que los españoles son vuestros indios y tan desinteresados, que con sus flotas os traen á vuestras casas la plata ya acendrada y ya acuñada, quedándose ellos con el vellón y bien trasquilados.
No pudieron negar esta verdad tan clara; con todo eso no parecían quedar satisfechos, antes andaban murmurando allá entre dientes.
¿Qué es eso?, dijo la Fortuna. Hablad claro, acabad, decía.
Quisiéramos, madama, que ese favor fuera cumplido y que, así como nos has dado el provecho, nos dieses también la honra, para que no trajésemos á casa la plata, sirviendo á los españoles con la vileza que sabemos y la esclavitud que callamos.
El bien
repartido. ¡Oh, qué lindo!, alzó la voz la Fortuna. ¡Bueno por mi vida! Monsieures, honra y doblones no caben en un saco. ¿No sabéis que allá, cuando se repartieron los bienes á los españoles, les cupo la honra, á los franceses el provecho, á los ingleses el gusto y á los italianos el mando?