Y le hablé.

¡Que tal preciosidad se halla en la tierra! ¡Que es verdad! Ahora digo, señores, que es nada cuanto habéis visto. Ciegue el basilisco, retírese el fénix, enmudezca el pelícano.

Estaban tan atónitos, cuan atentos los discretos huéspedes, oyendo tales exageraciones, muy deseosos de saber cuál fuese el objeto de tan grande aplauso.

Dínos presto lo que viste, instó Salastano. No nos atormentes con suspensiones.

Oid, señores, comenzó el criado, la más portentosa maravilla de cuantas habéis visto ni oído.

Pero lo que él les refirió diremos fielmente, después de haber contado lo que le pasó á la Fortuna con los Bragados y Comados.


CRISI III

La cárcel de oro y calabozos de plata.

Cuentan, y yo lo creo, que una vez entre otras tumultuaron los franceses y con la ligereza, que suelen, se presentaron delante de la Fortuna, tragando saliva y vomitando saña.