Muy bien, le respondieron: en no dar fruto alguno. Á más de que, buscándoseles á algunos, se les han hallado enterrados en sepulcros de oro y amortajados en sus talegos.

Muerte
del avaro.
¡Desdichada suerte!, exclamó Critilo, la de un avaro, que nadie se alegra con su vida ni se entristece en su muerte. Todos bailan en ella al son de las campanas. La viuda rica con un ojo llora y con el otro repica. La hija, desmintiendo sus ojos hechos fuentes, dice río de las lágrimas que lloro. El hijo porque hereda, el pariente porque se va acercando á la herencia, el criado por la manda y por lo que se desmanda, el médico por su paga y no por su pago, el sacristán porque dobla, el mercader porque vende sus bayetas, el oficial porque las cose, el pobre porque las arrastra. ¡Miserable suerte la del miserable! Mal, si vive, y peor, si muere.

Rico hombre. En un gran salón vieron un grande personaje. Quedaron espantados de cosa tan nueva y tan estraña en semejante puesto.

¿Qué hace aquí este señor?, preguntó Critilo á uno de sus enemigos, no escusados.

Y él: ¿Qué? Adorar.

¿Pues qué, es gentil?

Lo que menos tiene es de gentil y de hombre.

¿Pues qué adora?

Dora y adora una arca.

¿Qué? ¿Es judío?