Estaban persuadiendo á una hermosa mujer, que la enriquecían y engalanaban y echábanla al cuello una cadena de una esclavitud de por vida y aun por muerte, la argolla de un rico collar, las esposas de unos preciosos brazaletes, que paran en horcas, el apretador de sus obligaciones, el esmaltado lazo de un nudo ciego, la gargantilla de un ahogo. Ello fué casa y miento y cárcel verdadera.

Echáronle á un cortesano unos pesados grillos de oro, que no le dejaban mover y persuadíanle que podía cuanto quería. Los que imaginaron salones eran calabozos poblados de cautivos voluntarios y todos ellos cargados de prisiones, argollas y cadenas de oro; pero todos tan contentos como engañados. Toparon entre otros un cierto sujeto rodeado de gatos, poniendo toda su fruición en oirlos mayar.

Monstruosa
codicia.
¡Hay tan mal gusto en el mundo, como el tuyo!, dijo Andrenio. ¿No fueran mejores algunos pajarillos enjaulados, que con sus dulces cantos, te aliviaran las prisiones? ¿Pero gatos y vivos y que gustes de oir sus enfadosos maídos, que á todos los demás atormentan?

Quita, que no lo entiendes, respondió él: para mí es la más regalada música de cuantas hay, éstas las voces más dulces y más suaves del mundo. ¿Qué tienen que ver los gorjeos del pintado jilguerillo, los quiebros del canario, las melodías del dulce ruiseñor, con los maullidos de un gato? Cada vez, que los oigo, se regocija mi corazón y se alboroza mi espíritu. Mal año para Orfeo y su lira, para el gustoso Correa y su destreza. ¿Qué tiene que ver toda la armonía de los instrumentos músicos con el maído de mis gatos?

Si fueran muertos, replicó Andrenio, aun me tentara; ¿pero vivos?

Sí, vivos y después muertos. Y vuelvo á decir que no hay más regalada voz en cuantas hay.

Pues dínos: ¿Qué hallas de suavidad en ella?

¿Qué? Aquel decir mío, mío y todo es mío y siempre mío y nada para vos: esa es la voz más dulce para mí de cuantos hay.

Hallaron cosas á este tono bien notables. Mostráronles algunos y aun los más, que se decía no tener corazones ni entrañas, no sólo para con los otros; pero ni aun para consigo mismos. Y con todo eso vivían.

¿Cómo se sabe, preguntó Andrenio, que estén descorazonados?