¿En qué lo conoces? le preguntaron.
Y él: ¿no veis aquellos vestigios de discreción?
Y mostróles algunos libros, que estaban á mano:
Éstas, ponderaba, son las preciosas alhajas de los entendidos. ¿Qué jardín del Abril, qué Aranjuez del Mayo, como una librería selecta? ¿Qué convite más delicioso para el gusto de un discreto, como un culto museo, donde se recrea el entendimiento, se enriquece la memoria, se alimenta la voluntad, se dilata el corazón y el espíritu se satisface? Fullería
discreta. No hay lisonja, no hay fullería para un ingenio, como un libro nuevo cada día.
Las pirámides de Egipto ya acabaron, las torres de Babilonia cayeron, el romano coliseo pereció, los palacios dorados de Nerón caducaron, todos los milagros del mundo desaparecieron y solos permanecen los inmortales escritos de los sabios, que entonces florecieron, y los insignes varones, que celebraron. ¡Oh, gran gusto el de leer! Empleo de personas que, si no las halla, las hace. Poco vale la riqueza sin la sabiduría y de ordinario andan reñidas. Los que más tienen menos saben y los que más saben menos tienen. Que siempre conduce la ignorancia borregos con bellocino de oro.
Esto les estaba ponderando, ya para consuelo, ya para enseñanza, á los dos presos en la cárcel del interés, en el brete de su codicia, un hombre y aun más. Pues en vez de brazos, batía alas, tan volantes, que se remontaba á las estrellas y en un instante se hallaba donde quería. Fué cosa notable que, cuando á otros en llegando los amarraba fuertemente, sin dejarles libertad ni para dar un paso, cargándoles de grillos y de cadenas, á éste, al punto que llegó, le jubilaron de una, que al pie arrastraba y le apesgaba de modo, que no le permitía echar un vuelo. Admirado Andrenio, le dijo:
Hombre ó prodigio, ¿quién eres?
Y él prontamente: Ayer nada, hoy poco más y mañana menos.
¿Cómo menos?
Sí: que á veces más valiera no haber sido.