Dadme grosura y os daré hermosura.
Á lo que se conocía, que todo su cuidado lo ponía en estar bien acomodada; mas, aunque muy disimulada y de rebozo, la conoció Critilo y dijo:
Ésta, sin más ver, es la Política.
¡Qué presto la has conocido! No suele ella darse á entender tan fácilmente.
Era su ocupación, que no hay sabiduría ociosa, fabricar coronas, unas de nuevo, otras de remiendo, y perfeccionábalas mucho. Había de todas materias y formas: de plata, de oro y de cobre, de palo, de roble, de frutos y de flores. Y todas las estaba repartiendo con mucha atención y razón.
Ostentó la primera muy artificiosa, sin defecto alguno ni quiebra; pero más para vista, que platicada. Y dijeron todos era la república de Platón, nada á propósito para tiempos de tanta malicia.
Al contrario, vieron otras dos, aunque de oro; pero muy descompuestas y de tan mal arte, aunque buena apariencia, que al punto las arrojó en el suelo y las pisó, diciendo:
Este príncipe del maquiavelismo y esta república del Bodino no pueden parecer entre gentes. No se llamen de razón, pues son tan contrarias á ella. Y advertid cuánto denotan ambas políticas la ruindad destos tiempos, la malignidad destos siglos y cuán acabado está el mundo.
La de Aristóteles fué una buena vieja.
Á un príncipe, tan católico como prudente, encomendó una toda embutida de perlas y de piedras preciosas: era la razón de estado de Juan Botero. Estimóla mucho y se le lució bien.