Plaza del populacho y corral del vulgo.

Estábase la Fortuna, según cuentan, bajo su soberano dosel, más asistida de sus cortesanos, que asistiéndoles, cuando llegaron dos pretendientes de dicha á solicitar sus favores. Suplicó el primero le hiciese dichoso entre personas, que le diese cabida con los varones sabios y prudentes. Miráronse unos á otros los curiales y dijeron:

Éste se alzará con el mundo.

Mas la Fortuna, con semblante mesurado y aun triste, le otorgó la gracia pretendida.

Llegó el segundo y pidió, al contrario, que le hiciese venturoso con todos los ignorantes y necios. Riéronlo mucho los del cortejo, solemnizando gustosamente una petición tan estraña. Mas la Fortuna, con rostro muy agradable, le concedió la suplicada merced.

Partiéronse ya entrambos tan contentos, como agradecidos, abundando cada uno en su sentir. Mas los áulicos, como siempre están contemplando el rostro de su príncipe y brujuleándole los afectos, notaron mucho aquel tan extravagante cambiar semblantes de su reina. Reparó también ella en su reparo y muy galante les dijo:

¿Cuál destos dos, pensáis vosotros, oh cortesanos míos, que ha sido el entendido? ¿Creeréis, que el primero? Pues sabed que os engañáis de medio á medio. Sabed que fué un necio. No supo lo que pidió. Nada valdrá en el mundo. ¡Este segundo sí que supo negociar! Éste se alzará con todo.

Necedad valida. Admiráronse mucho y con razón, oyendo tan paradojo sentir; mas desempeñóse ella, diciendo:

Mirad: los sabios son pocos, no hay cuatro en una ciudad. ¿Qué digo cuatro? Ni dos en todo un reino. Los ignorantes son los muchos, los necios son los infinitos. Y así el que los tuviere á ellos de su parte, ése será señor de un mundo entero.

Sin duda que estos dos fueron Critilo y Andrenio, cuando éste, guiado del Cécrope, fué á ser necio con todos. Era increíble el séquito, que arrastraba, el que todo lo presume y todo lo ignora. Entraron ya en la plaza mayor del universo; pero nada capaz. Llena de gentes; pero sin persona, á dicho de un sabio, que con la antorcha en la mano al mediodía iba buscando un hombre, que lo fuese y no había podido hallar uno entero: todos lo eran á medias.