Porque el que tenía cabeza de hombre, tenía cola de serpiente y las mujeres de pescado. Al contrario, el que tenía pies, no tenía cabeza. Allí vieron muchos Acteones, que, luego que cegaron, se convirtieron en ciervos. Tenían otros cabezas de camellos, gente de cargo y de carga. Muchos, de bueyes en lo pesado, que no en lo seguro. No pocos, de lobos, siempre en la fábula del pueblo. Pero los más, de estólidos jumentos, muy á lo simple malicioso.

¡Rara cosa, dijo Andrenio, que ninguno tiene cabeza de serpiente ni de elefante ni aun de vulpeja!

No, amigo, dijo el Filósofo: que aun en ser bestias no alcanzan esa ventaja.

Todos eran hombres á remiendos y así cuál tenía garra de león y cuál de oso en pie. Hablaba uno por boca de ganso y otro murmuraba con hocico de puerco. Éste tenía pies de cabra y aquél orejas de Midas. Algunos tenían ojos de lechuza y los más de topo. Risa de perro, quien yo sé, mostrando entonces los dientes.

Estaban divididos en varios corrillos, hablando, que no razonando, y así oyeron en uno que estaban peleando. Á toda furia ponían sitio á Barcelona y la tomaban en cuatro días por ataques, sin perder dinero ni gente. Pasaban á Perpiñán, mientras duraban las guerras civiles de Francia. Restauraban toda España. Marchaban á Flandes, que no había para dos días. Daban la vuelta á Francia, dividíanla en cuatro potentados, contrarios entre sí, como los elementos. Y finalmente venían á parar en ganar la Casa Santa.

¿Quién son éstos, preguntó Andrenio, que tan bizarramente pelean? ¿Si estaría aquí el bravo Picolomini? ¿Es por ventura aquél el conde de Fuensaldaña y aquél otro Totavila?

Ninguno déstos es soldado, respondió el Sabio, ni han visto jamás la guerra. ¿No ves tú que son cuatro villanos de una aldea? Sólo aquél, que habla más que todos juntos, es el que lee las cartas, el que compone los razonamientos, el que le va á los alcances al cura, digo: el barbero.

El vulgo
en corrillos.
Impaciente Andrenio, dijo: Pues si éstos no saben otro que estripar terrones, ¿por qué tratan de allanar reinos y conquistar provincias?

¡Eh!, dijo el Cécrope: que aquí todo se sabe.

No digas se sabe, replicó el Sabio; sino que todo se habla.