Toparon en otro, que estaban gobernando el mundo. Uno daba arbitrios, otro publicaba pragmáticas, adelantaban los comercios y reformaban los gastos.
Éstos, dijo Andrenio, serán del parlamento; no pueden ser otros, según hablan.
Lo que menos tienen, dijo el Sabio, es de consejo; toda es gente que, habiendo perdido sus casas, tratan de restaurar las repúblicas.
¡Oh, vil canalla!, exclamó Andrenio. ¿Y de dónde les vino á éstos meterse á gobernar?
Ahí verás, respondió el Serpihombre, que aquí todos dan su voto.
Y aun su cuero, replicó el Sabio.
Y acercándose á un herrador:
Advertid, le dijo, que vuestro oficio es herrar bestias: dad alguna en el clavo.
Y á un zapatero lo metió en un zapato, pues le mandó no saliese dél.
Más adelante estaban otros altercando de linajes, cuál sangre era la mejor de España, si el otro era gran soldado, de más ventura que valor y que toda su dicha había consistido en no haber tenido enemigo. Ni perdonaban á los mismos príncipes, definiendo y calificándolos si tenían más vicios de hombres, que prendas de reyes. De modo que todo lo llevaban por un rasero.