Vertían destas donosillas vulgaridades y todas muy creídas, levantando mil testimonios á la naturaleza y aun á la misma posibilidad. Sobre todo estaban muy acreditados los duendes. Había pase dellos, como de hechizadas. No había palacio viejo donde no hubiese dos por lo menos.

Unos los veían vestidos de verde, otros de colorado y los más de amarillo. Y todos eran tamañicos y tal vez con su capuchito, inquietando las casas. Y nunca se aparecían á las viejas, porque no dicen bien trasgos con trasgos.

Varias
vulgaridades.
No moría mercader, que no fuese rodeado de monas y de micos.

Había brujas tantas como viejas y todas las malcontentas endiabladas.

Tesoros encantados y escondidos, sin cuenta y con cuento, cavando muchos tontos por hallarlos. Minas de oro y de plata, riquísimas; pero tapiadas, hasta que se acaben las Indias, las cuevas de Salamanca y de Toledo. ¡Mal año para quien se atreviera á dudarlas!

Mas de aquí á un instante se conmovió toda aquella acorralada necedad, sin saber cómo ni por qué, por ser tan ordinario como fácil. Alborótase un vulgo y más si es tan crédulo como el de Valencia, tan bárbaro como el de Barcelona, tan necio como el de Valladolid, tan libre como el de Zaragoza, tan novelero como el de Toledo, tan insolente como el de Lisboa, tan hablador como el de Sevilla, tan sucio como el de Madrid, tan vocinglero como el de Salamanca, tan embustero como el de Córdoba y tan vil como el de Granada.

Fué el caso que asomó por una de sus entradas, no la principal, donde todas son comunes, un monstruo, aunque raro, muy vulgar. No tenía cabeza y tenía lengua, sin brazos y con hombros para la carga. No tenía pecho, con llevar tantos; ni mano en cosa alguna; dedos sí, para señalar. Era su cuerpo en todo disforme. Y, como no tenía ojos, daba grandes caídas. Era furioso en acometer y luego se acobardaba. Hízose en un instante señor de la plaza, llenándola toda de tan horrible oscuridad, que no vieron más el sol de la verdad.

¿Qué horrible aborto es éste, preguntó Andrenio, que así lo ha eclipsado todo?

Éste es, respondió el Sabio, el hijo primogénito de la Ignorancia, el padre de la mentira, hermano de la necedad, casado con su malicia: éste es el tan nombrado Vulgacho.

Al decir esto descolgó el rey de los Cécropes de la cinta un retorcido caracol, que hurtó á un Fauno, y alentándolo de vanidad, Terror loco. fué tal su ruido y tan grande el horror que les causó, que agitados todos de un terror fanático, dieron á huir por cosa que no montaba un caracol. No fué posible ponerlos en razón ni detenerlos, que no se desgalgasen muchos por las ventanas y balcones, más á ciegas que pudieran en la plaza de Madrid. Huían los soldados gritando: