Y, por el contrario, á otros, que estarán muy despiertos, haciendo cosas grandes, dicen que duermen y que nada valen. ¿Sabes tú lo que le sucedió aquí al mismo Apolo con su divina lira? Que, desafiándole á tañer un zafio gañán con una pastoril zampoña, nunca quiso el culto numen salir, aunque se lo rogaron las musas. Y el selvajazo le zahería su temor y se jactaba de la victoria. No hubo remedio. No más, que porque había de ser Juicio sin él. su juez el vulgacho, no queriendo arriesgar su gran reputación á un juicio tan sin él. Y por no haber querido hacer otro tanto, fué condenada la dulcísima Filomena en competencia del jumento. Y aun la Rosa dicen estuvo á pique de ser vencida de la Adelfa, que desde entonces por su indigno atrevimiento quedó letal á los suyos. Ni el pavón se atrevió á competir de belleza con el cuervo ni el diamante con el guijarro ni el mismo sol con el escarabajo, con tener tan asegurado su partido, por no sujetarse á la censura de un vulgo tan desatinado.

Mala señal, decía un discreto, cuando mis cosas agradan á todos. Que lo muy bueno es de pocos y el que agrada al vulgo, por consiguiente, ha de desagradar á los pocos, que son los entendidos.

Asomó en esto por la plaza, haciéndola, un raro ente. Todos le recibieron con plausible novedad. Seguíale la turba, diciendo:

Ahora en este punto llega del Jordán. Más tiene ya de cuatrocientos años.

Mucho es, decía uno, que no le acompañen ejércitos de mujeres, cuando va á desarrugarse.

¡Oh no!, decía otro. ¿No veis que va en secreto? Pues, si eso no fuera, ¿qué fuera?

¿Por lo menos no se pudiera traer por acá una botija de aquella agua, que yo sé que vendiera cada gota á doblón de oro?

No tiene él necesidad de dineros, pues cada vez que echa mano á la bolsa, topa un patacón. ¡Qué otra felicidad ésa! No sé yo cuál me escogiera de las dos.

¿Quién es éste? preguntó Andrenio.

Y el Sabio: Éste es Juan de para siempre, que Juan había de ser.