Paréceme que todos ellos son zánganos del mundo, ponderó Andrenio. ¿Y éstos son los que gradúan de valientes y de sabios?

Y es de modo, respondió el Cécrope, que el que ellos una vez dan por docto ése lo es, sepa ó no sepa. Ellos hacen teólogos y predicadores, buenos médicos y grandes letrados y bastan á desacreditar un príncipe. Dígalo el rey don Pedro. ¿Mas qué? Si el barbero del lugar no quiere, nada valdrá el sermón más docto ni será tenido por orador el mismo Tulio. Á éstos están esperando que hablen los demás, sin osar decir blanco ni negro, hasta que éstos se declaran y al punto gritan:

¡Grande hombre!, ¡grande sujeto!

Y dan en alabar á uno, sin saber de qué ni para qué. Celebran lo que menos entienden y vituperan lo que no conocen, sin más entender ni saber. Por eso el buen político suele echar buen cencerro, que guíe el vulgo adonde él quiere.

¿Y hay, preguntó Andrenio, quien se paga de tan vulgar aplauso?

¿Cómo si hay?, respondió el Sabio. ¡Y muchos, hombres vulgares, chabacanos, amigos de la popularidad y que la solicitan con milagrones, que llamamos pasmasimples y espantavillanos! Obras gruesas y plausibles. Porque aquí no tienen lugar los primores ni los realces.

Páganse mucho otros de la gracia de las gentes, del favor del populacho; pero no hay que fiar en su gracia, que hay gran distancia de sus lenguas á sus manos. ¡Qué fué verlos bravear ayer en un motín en Sevilla y enmudecer hoy en un castigo! ¿Qué se hicieron las manos de aquellas lenguas y las obras de aquellas palabras? Son sus ímpetus como los del viento que, cuando más furioso, calma.

Entraron con unos, que estaban durmiendo y no apriesa, como encargaba el otro á su criado. No movían pie ni mano. Aplauso necio. Y era tal la vulgaridad, que los despiertos soñaban lo que los otros dormían, imaginando que hacían grandes cosas. Y era de modo, que no corría otro en toda la plaza; sino que estaban peleando y triunfando de los enemigos. Dormía uno á pierna tendida y decían ellos estaba desvelándose, estudiando noche y día y quemándose las cejas. Desta suerte publicaban que eran los mayores hombres del mundo y gente de gran gobierno.

¿Cómo es esto?, dijo Andrenio. ¡Hay tamaña vulgaridad!

Mira, dijo el Sabio: aquí, si dan en alabar á uno, si una vez cobra buena fama, aunque se eche después á dormir, él ha de ser un gran hombre. Aunque ensarte después cien mil disparates, dicen que son sutilezas y que es la primera cosa del mundo. Todo es que den en celebrarle.