Pretendió entrar en la bestial plaza un gran filósofo y poner tienda de ser personas, feriando algunas verdades bien importantes, aforismos convenientes; pero jamás pudo introducirse ni despachó una tan sola verdad ni el más mínimo desengaño, con que se hubo de retirar. Ídolos
del vulgo.
Al contrario, llegó un embustero, sembrando cien mil desatinos, vendiendo pronósticos llenos de disparates, como que se había de perder España otra vez, que había acabado ya la casa Otomana; leía profecías de moros y de Nostradamus y al punto se llenó la tienda de gente y comenzó á despachar sus embustes con tanto crédito, que no se hablaba de otro, y con tal aseveración, como si fueran evidencias. De modo que aquí más supone un adivino que Séneca, un embustero que un sabio.

Vieron en esto un monstrimujer con tanto séquito, que muchos de los pasados y los más de los presentes la cortejaban y todos con las bocas abiertas escuchándola. Era tan gruesa y tan asquerosa, que por dondequiera que pasaba, dejaba el aire tan espeso, que le podían cortar. Revolvióle las entrañas al Sabio, comenzó á dar arcadas.

¡Qué cosa tan sucia!, dijo Andrenio. ¿Y quién es ésta?

Ésta es, dijo el Cécrope, la Minerva desta Atenas.

Ésta la invencible y aun la crasa, dijo el Filósofo. Ella puede ser Minerva; mas á fe, que es pingüe. Y quien tanto engorda, ¿quién puede ser sino la ignorante satisfacción? Veamos dónde va á parar.

Pasó de las vendedoras á sentarse en el banco del Cid.

Aquélla, dijo el Cécrope, es la Sapiencia de tanto lego. Allí están graduando á todos y calificando los méritos de cada uno. Calificación
vulgar.
Allí se dice el que sabe y el que no sabe, si el argumento fué grande, si el sermón docto, si tan bien discurrido como razonado, si el discurso fué cabal, si magistral la lección.

¿Y quién son los que juzgan?, preguntó Andrenio, ¿los que dan el grado?

¿Quiénes han de ser, sino un ignorante y otro mayor? Uno, que ni ha estudiado ni visto libro en su vida, cuando mucho una Silva de Varia Lección y el que más más, un Para Todos.

¡Oh!, dijo el Cécrope. ¿No veis que éstos son los más plausibles personajes del mundo? Todos son bachilleres. Aquel que veis allí muy grave, es el que en la corte anda diciendo chistes, hace cuento de todo, muerde sin sal cuanto hay, saca sátiras, vomita pasquines: el duende de los corrillos. Aquel otro es el que todo lo sabía ya, nada le cuentan de nuevo: saca gacetas y se escribe con todo el mundo y, no cabiendo en todo él, se entromete en cualquier parte. Aquel licenciado es el que en las Universidades cobra las patentes, hace coplas, mantiene los corrillos, soborna votos, habla por todos y, en habiendo conclusiones, ni es visto ni oído. Aquel soldado nunca falta en las campañas, habla de Flandes, hallóse en el sitio de Ostende, conoció al duque de Alba, acude á la tienda del general, el demonio del mediodía, mantiene la conversación, cobra el primero y el día de la pelea se hace invisible.