Vosotros sí lo sois, que á todos queréis hacer gentileshombres.
Llegó en esto el Sabio y metió paz, consolando á los sastres con que, ya que no tenían Dios, todos los daban al diablo.
¡Prodigiosa cosa, dijo Andrenio, que con meter tanto ruido, no tengan habla!
¿Cómo que no?, replicó el Cécrope; antes jamás cesan de hablar ni tienen otro que palabras.
Hablillas. Pues yo, replicó Andrenio, no he percibido aún habla, que lo sea.
Tienen razón, dijo el Sabio: que todas son hablillas y todas falsas.
Corrían actualmente algunas bien desatinadas. Que habían de caerse muertos muchos cierto día y lo señalaban y hubo quien murió de espanto dos días antes. Que había de venir un terremoto y habían de quedar todas las casas por tierra. Pues ver lo que se iba extendiendo un disparate déstos y los muchos que se lo tragaban y bebían lo que contaban unos á otros. Y si algún cuerdo reparaba, se enfurecían, sin saber de dónde ni cómo nacía. Resucitaba cada año un desatino, sin saber bastante el desengaño fresco corriendo grasa. Y era de advertir que las cosas importantes y verdaderas luego se les olvidaban y un disparate lo iban heredando de abuelas á nietas y de tías á sobrinas, haciéndose eterno por tradición.
No sólo no tienen habla, añadió Andrenio; pero ni voz.
¿Cómo que no?, replicó el Cécrope. Voz tiene el pueblo y aun dicen que su voz es la de Dios.
Sí, del dios Baco, respondió el Sabio y, si no, escuchadla un poco y oiréis todos los imposibles, no sólo imaginados, pero aplaudidos. Oid aquel español, lo que está contando del Cid, cómo de una puñada derribó una torre y de un soplo un gigante. Atended aquel otro francés, lo que refiere, y con qué credulidad, del Roldán y cómo de un tajo rebanó caballo y caballero armados. Pues yo os aseguro que el portugués no se olvide tan presto de la pala de la victoriosa Forneira.