¿Cómo no?
Necedad
incurable. Porque, aunque todos los males tienen remedio, hasta la misma locura tiene cura en Zaragoza ó en Toledo y en cien partes. Pero la necedad no la tiene ni ha habido jamás hombre que curase de tonto.
Con todo eso, veis allí unos, que lo parecen.
Venían dándose á las furias de que todos se les entremeten en su oficio y quieren curar á todos con un remedio. Y eso sería nada, si algunos no se metiesen á quererles dar doctrina á ellos mismos, disputando con el médico los jarabes y las sangrías.
¡Eh!, decían: déjense matar sin hablar palabra.
Pero los herreros llevaban brava herrería y aun todos parecían caldereros. Enfadados los sastres, les dijeron que callasen y dejasen oir, si no entender. Sobre esto armaron una pendencia, aunque no nueva en tales puestos. Tratáronse muy mal; pero no se maltrataron. Y dijéronles los herreros á los sastres, después de encomios solemnes:
¡Quitad de ahí, que sois gente sin Dios!
¿Cómo sin Dios?, replicaron ellos enfurecidos. Si dijérades sin conciencia, pase; pero sin Dios ¿qué quiere decir eso?
Sí, repitieron los herreros, que no tenéis un dios sastre, como nosotros un herrero y, cuando todos le tienen, los taberneros á Baco, aunque anda en celos con Tetis, los mercaderes á Mercurio, de quien tomaron las trampas con el nombre, los panaderos á Ceres, los soldados á Marte, los boticarios á Esculapio, ¡mirad qué tales sois vosotros, que ningún Dios os quiere!
Andad de ahí, respondieron los sastres. Que sois unos gentiles.