No, no juréis, que todos éstos que echan votos huelen á cueros.
Digo que había de hacer colgar media docena. Yo sé que oliera la casa á hombre y que mirarían algunos cómo perdían las victorias y los ejércitos, cómo entregaban las fortalezas al enemigo. No me había de llevar encomienda quien no fuese soldado y de reputación, pues para ellos se instituyeron. Y no déstos de las plumicas; sino un sargento mayor Soto, un Monroy y un Pedro Estélez, que se han hallado en cien batallas y en mil sitios. ¡Qué virreyes, qué generales hiciera yo! ¡Qué ministros! Todos habían de ser Oñates y Caracenas. ¡Qué embajadores, que no hiciera!
Oh, ¡no me viera yo un mes papa!, decía el estudiante. Yo sé que de otra manera irían las cosas. No se había de proveer dignidad ni prebenda, sino por oposición. Todo por méritos. Yo examinara quién venía con más letras que favores, quién traía quemadas las cejas.
Abrióse en esto la portería de un convento y metiéronse á la sopa.
Topaban varias y desvariadas oficinas por toda aquella gran plaza mecánica. Los pasteleros hacían valientes empanadas de perro. Ni faltaban aquí tantas moscas, como allá mosquitos. Los caldereros siempre tenían calderas que adobar. Los olleros alabando lo quebrado. Los zapateros á todo hombre, buscándole horma de su zapato, y los barberos haciendo las barbas.
¿Es posible, dijo Andrenio, que entre tanta botica mecánica no topemos una de medicinas?
Basta, que hay hartas barberías, dijo el Cécrope.
Y hartos en ellas, respondió el Sabio. Que, como bárbaros, hablan de todo. Mas lo que ellos saben ¿quién lo ignora?
Con todo eso, dijo Andrenio, en una vulgaridad tan común es mucho que no haya un médico, que recete. Por lo menos no había de faltar á la murmuración civil.
No hacen falta, replicó el Sabio.