Nunca pensé ver, ponderaba Andrenio, tanto necidiscreto junto y aquí veo de todos estados y condiciones, hasta legos.

¡Oh! sí, dijo el Sabio: que en todas partes hay vulgo y, por tildada que sea una comunidad, hay ignorantes en ella, que quieren hablar de todo y se meten á juzgar de las cosas, sin tener punto de juicio.

Pero lo que estrañó mucho á Andrenio fué ver entre tales heces de la república, en medio de aquella sentina vulgar, algunos hombres lucidos y que se decía eran grandes personajes.

¿Qué hacen aquí éstos? Señor, que se hallen aquí más esportilleros que en Madrid, más aguadores que en Toledo, más gorrones que en Salamanca, más pescadores que en Valencia, más segadores que en Barcelona, más palenquines que en Sevilla, más cavadores que en Zaragoza, más mochileros que en Milán: ¡no me espanta! ¡Pero gente de porte, el caballero, el título, el señor! No sé qué diga.

¿Qué piensas tú, dijo el Sabio, que, en yendo uno en litera, ya por eso es sabio? ¿En yendo bien vestido, es entendido? Tan vulgares hay algunos y tan ignorantes, como sus mismos lacayos. Y advierte que, aunque sea un príncipe, en no sabiendo las cosas y queriéndose meter á hablar dellas, á dar su voto en lo que no sabe ni tiene, al punto se declara hombre vulgar y plebeyo. Vulgo definido. Porque el vulgo no es otra cosa, que una sinagoga de ignorantes presumidos y que hablan más de las cosas, cuanto menos las entienden.

Volvieron los rostros á uno, que estaba diciendo:

Si yo fuera rey... (y era un mochilero).

Y si yo fuera papa..., decía un gorrón.

¿Qué habíais de hacer vos, si fuerais rey? ¿Qué?

Lo primero, me había de teñir los bigotes á la española, luego me había de enojar y ¡voto!...