Yo, menos entiendo el mundo, decía éste, cuanto más va.

Y yo lo desconozco del todo, decía aquél, otro mundo es éste del que nosotros hallamos.

Llegóse en esto el Sabio y díjoles volviesen la mira atrás y viesen otros tantos viejos, que estaban diciendo mucho más mal del tiempo que ellos tanto alababan. Y detrás de aquéllos otros y otros, encadenándose hasta el primer viejo su vulgaridad.

Media docena de hombres muy autorizados, con más barbas que dientes, mucho ocio y poca renta, estaban en otro corro allí cerca tratando de desempeñar las casas de los señores y restituirlas á aquel su antiguo lustre.

¡Qué casa, decía uno, la del duque del Infantado, cuando se hospedó en ella el rey de Francia prisionero, y lo que Francisco la celebró!

¿Pues qué la debía, dijo otro, la del marqués de Villena, cuando hacía y deshacía?

¿Y la del almirante, en tiempo de los Reyes Católicos, púdose imaginar mayor grandeza?

¿Quién son éstos?, preguntó Andrenio.

Éstos, respondió el hombre sierpe, son hombres de honor en los palacios, llámanse gentileshombres ó escuderos.

Y en buen romance, dijo el Sabio, son gente que, después de haber perdido la hacienda, están perdiendo el tiempo y los que, habiendo sido la polilla de sus casas, vienen á ser la honra de las ajenas. Que siempre verás que los que no supieron para sí quieren saber para los otros.