Son, por ahora, demonios; que después te diré más. Sobre todo te encargo y aun te juramento que por ningún caso digas quién somos ni cómo tú saliste á luz ni cómo yo llegué acá: que sería perder no menos que tu libertad y yo la vida. Y, aunque hago agravio á tu fidelidad, huélgome de no haberte acabado de contar mis desdichas, en esto sólo dichosas, asegurando descuidos. Quede doblada la hoja, para la primera ocasión: que no faltarán muchas en una navegación tan prolija.
Ya en esto se percibían las voces de los navegantes y se divisaban los rostros. Era grande la vocería de la chusma: que en todas partes hay vulgo y más insolente donde hay más holgado. Amainaron velas, echaron áncoras y comenzó la gente á saltar en tierra. Fué recíproco el espanto de los que llegaban, de los que les recibían. Desmintiéronle sus muchas preguntas con decir se habían quedado descuidados y dormidos, cuando se hizo á la vela otra flota, conciliando compasión y agasajo.
Estuvieron allí detenidos algunos días cazando y refrescando y, hecha ya agua y leña, se hicieron á la vela en otras tantas alas para la deseada España.
Embarcáronse juntos Critilo y Andrenio hasta en los corazones en una gran carraca, asombro de los enemigos, contraste de los vientos y yugo del océano. Fué la navegación tan peligrosa, cuan larga; pero servía de alivio la narración de sus tragedias, que á ratos hurtados, prosiguió Critilo de esta suerte:
En medio de estos golfos nací, como te digo, entre riesgos y tormentas. Fué la causa que mis padres, españoles ambos y principales, se embarcaron para la India con un grande cargo, merced del gran Filipo, que en todo el mundo manda y apremia.
Venía mi madre con sospechas de traerme en sus entrañas: que comenzamos á ser faltas de una vil materia. Declaróse luego el preñado bien penoso y cogióla el parto en la misma navegación, entre el horror y la turbación de una horrible tempestad, para que se doblase su tormento con la tormenta.
Salí yo al mundo entre tantas aflicciones, presagio de mis infelicidades. Tan temprano comenzó á jugar con mi vida la fortuna, arrojándome de un cabo del mundo al otro. Aportamos á la rica y famosa ciudad de Goa, corte del imperio católico en el Oriente, silla augusta de sus virreyes, emporio universal de la India y de sus riquezas.
Juventud
viciosa. Aquí mi padre fué aprisa acaudalando fama y bienes, ayudado de su industria y de su cargo. Mas yo, entre tanto bien, me criaba mal, como rico y como único. Cuidaban más mis padres fuese hombre, que persona. Pero castigó bien el gusto, que recibieron en mis niñeces, el pesar que les di con mis mocedades. Porque fuí entrando de carrera por los verdes prados de la juventud, tan sin freno de razón, cuan picado de los viles deleites.
Cebéme en el juego, perdiendo en un día lo que á mi padre le había costado muchos de adquirir, despreciando ciento á ciento lo que él recogió uno á uno. Pasé luego á la bizarría, rozando galas y costumbres, engalanando el cuerpo lo que desnudaba el ánimo de los verdaderos arreos, que son la virtud y el saber. Ayudábanme á gastar el dinero y la conciencia malos y falsos amigos, lisonjeros, valientes, terceros y entremetidos, viles sabandijas de las haciendas, polillas de la honra y de la conciencia. Sentía esto mi padre, pronosticando el malogro de su hijo y de su casa; mas yo de sus rigores apelaba á la piadosa impertinencia de una madre, que, cuando más me amparaba, me perdía.
Pero donde acabó de perder mi padre las esperanzas y aun la vida fué, cuando me vió enredado en el oscuro laberinto del amor. Puse ciegamente los ojos en una dama, que, aunque noble y con todas las demás prendas de la naturaleza, de hermosa, discreta y de pocos años; pero las de la fortuna, que son hoy las que más se estiman, comencé á idolatrar en su gentileza, correspondiéndome ella con favores. Lo que sus padres me deseaban yerno, los míos la aborrecían nuera. Buscaron modos y medios para apartarme de aquella afición, que ellos llamaban perdición. Trataron de darme otra esposa, más de su conveniencia, que de mi gusto; mas yo, ciego á todo, enmudecía. No pensaba, no hablaba, no soñaba en otra cosa que en Felisinda, que así se llamaba mi dama, llevando ya la mitad de la felicidad en su nombre.