Con estos y otros muchos pesares acabé con la vida de mi padre: castigo ordinario de la paternal connivencia. Él perdió la vida y yo amparo; aunque no lo sentí tanto como debía. Laberinto
del amor.
Llorólo mi madre por entrambos con tal exceso, que en pocos días acabó los suyos, cuando yo, más libre y menos triste, consoléme presto de haber perdido padre, por poder lograr esposa, teniéndola por tan cierta como deseada. Mas por atender á filiales respetos, hube de violentar mi intento por algunos días, que á mí me parecieron siglos.

En este breve ínterin de esposa, ¡oh, inconstancia de mi suerte!, se barajaron de modo las materias, que la misma muerte, que pareció haber facilitado mis deseos, los vino á dificultar más y aun los puso en estado de imposibles. Fué el caso ó la desdicha que en este breve tiempo murió también un hermano de mi dama, mozo, galán y único mayorazgo de su casa, quedando Felisinda heredera de todo y fénix á todas luces. Juntándose la hacienda y la hermosura, doblaron su estimación, creció mucho en sólo un día y más su fama, adelantándose á los mejores empleos de esta corte.

Con un tan impensado incidente, alteráronse mucho las cosas, mudaron de cara las materias; sola Felisinda no se trocó y, si lo fué, en mayor fineza. Sus padres y sus deudos, aspirando á cosas mayores, fueron los primeros, que se entibiaron en favorecer mi pretensión, que tanto habían antes adelantado. Pasaron sus tibiezas á desvíos, encendiendo más con esto recíprocas voluntades.

Avisábame ella de cuanto se trataba, haciéndome de amante secretario. Declaráronse luego otros competidores, tan poderosos como muchos; pero amantes heridos más de las saetas, que les arrojaba la aljaba de su dote, que el arco del amor. Con todo me daban cuidado: que es todo temores el amor.

El que acabó de apurarme fué un nuevo rival, que á más de ser mozo, galán y rico, era sobrino del virrey, que allá es decir aparte numen y ramo de divinidad. Porque allí el gustar un virrey es obligar y sus pensamientos se ejecutan aun antes que se imaginen.

Comenzó á declararse pretensor de mi dama, tan confiado, como poderoso. Competíamos los dos al descubierto, asistidos cada uno, él del poder y yo del amor. Parecióle á él y á los suyos que era menester más diligencia para derribar mi pretensión tan arraigada como antigua, y para esto dispusieron las materias, despertando á quien dormía. Prometieron su favor é industria á unos contrarios míos, porque me pusiesen pleito en lo más bienparado de mi hacienda, ya para torcer de mi voluntad, ya para acobardar á los padres de Felisinda.

Vime presto solo y enredado en dos dificultosos pleitos, del interés y del amor, que era el que más me desvelaba. No fué bastante este temor de la pérdida de mi hacienda para hacer volver un paso atrás mi afición, que, como la palma, crecía más á más resistencia; pero lo que en mí no pudo obró en los padres y deudos de mi dama que, poniendo los ojos en mayores conveniencias del interés y del honor, trataron... Mas ¿cómo lo podré decir? No sé si acertaré; mejor será dejarlo.

Instó Andrenio en que prosiguiese.

Y él: ¡Eh! ¿Qué es morir? Pues resolvieron matarme, dando mi vida á mi contrario, que lo era mi dama. Avisóme ella la misma noche desde un balcón, como solía. Consultando y pidiéndome el remedio, derramó tantas lágrimas, que encendieron en mi pecho un incendio, un volcán de desesperación y de furia.

Con esto al otro día, sin reparar en inconvenientes ni en riesgos de honra y de vida, guiado de mi pasión ciega, ceñí, no un estoque, sino un rayo penetrante del aljaba del amor, fraguado de celos y de aceros. Salí en busca de mi contrario, remitiendo las palabras á las obras y las lenguas á las manos. Desnudamos los estoques de la compasión y de la vaina. Fuímonos el uno para el otro y á pocos lances le atravesé el acero por medio del corazón, sacándole el amor con la vida. Fruto
de los vicios.
Quedó él rendido y yo preso, porque al punto dió conmigo un enjambre de ministros, unos picando en la ambición de complacer al virrey y los más en la codicia de mis riquezas.