Estas piedras, respondió suspirando Critilo, las arrojan aquí los viandantes, que en esto pagan la enseñanza: éste es el galardón que se le da á todo maestro y entiendan los de la verdad y virtud que hasta las piedras se han de levantar contra ellos. Acerquémonos á esta columna, que ha de ser el oráculo en tanta perplejidad.

Leyó Critilo el primer letrero, que con Horacio decía:

Mediocridad
de oro.
Medio hay en las cosas, tú no vayas por los extremos.

Estaba toda ella de alto á bajo labrada de relieve con extremado artificio, compitiendo los primores materiales de la simetría con los formales del ingenio. Leíanse muchos sentenciosos aforismos y campeaban historias alusivas. Íbalas admirando Andrenio y comentándolas Critilo con gustoso acierto.

Allí vieron al temerario joven, montando en la carroza de luces y su padre le decía:

Ve por el medio y correrás seguro.

Éste fué, declaró Critilo, un mozo que entró muy orgulloso en un gobierno y, por no atender á la mediocridad prudente, como lo aconsejaban sus ancianos, perdió los estribos de la razón y, tantos vapores quiso levantar en tributos, que lo abrasó todo, perdiendo el mundo y el mando.

Seguíase Ícaro, desalado en caer, pasando de un extremo á otro, de los fuegos á las aguas; por más que le voceaba Dédalo:

¡Vuela por el medio!

Éste fué otro arrojado, ponderaba Critilo, que, no contento con saber lo que basta, que es lo conveniente, dió en sutilezas malfundadas y, tanto quiso adelgazar, que le mintieron las plumas y dió con sus quimeras en el mar de un común y amargo llanto: que va poco de penas á penas.