Aquél es el célebre Cleóbulo, que está escribiendo en tres cartas consecutivas esta palabra sola: Modo. Modo, al rey, que en otras tres le había pedido un consejo, digno de su saber, para reinar con acierto.
Mira aquel otro de los siete de Grecia, eternizado sabio por sola aquella sentencia: Huye en todo la demasía. Porque siempre dañó más lo más que lo menos.
Estaban de relieve todas las virtudes con plausibles empresas en tarjetas y roleos. Comenzaban por orden, puesta cada una en medio de sus dos viciosos extremos y en lo bajo la fortaleza, asegurando el apoyo á las demás, recostada sobre el cojín de una columna, media entre la temeridad y la cobardía. Procediendo así todas las otras, remataba la prudencia, como reina, y en sus manos tenía una preciosa corona con este lema: Para el que ama la mediocridad de oro.
Leíanse otras muchas inscripciones, que formaban lazos y servían de definiciones al artificio y al ingenio. Coronaba toda esta máquina elegante la felicidad muy serena, recodada en sus varones sabios y valerosos, ladeada también de sus dos extremos, el llanto y la risa, cuyos atlantes eran Heráclito y Demócrito, llorando siempre aquél y éste riendo.
Mucho gustó Andrenio de ver y de entender aquel maravilloso oráculo de toda la vida. Mas ya en esto se había juntado mucha gente en pocas personas, porque los más, sin consultar otro numen que su gusto, daban por aquellos extremos, llevados de su antojo y su deleite.
Llegó uno y sin informarse, muy á lo necio, echó por otro extremo, bien diferente del que todos creyeron, que fué por el de presumido, con que se perdió luego.
Vano. Tras éste venía un vano, que tan mal y sin preguntar, pero con lindo aire, tomó el camino más alto. Y como él estaba vacío de hueco y el viento iba arreciando, vencióle presto y dió con él allí abajo, con venganza de muchos, que, como iba tan alto, el subir y el caer fué á vista y á risa de todo el mundo.
Había un camino sembrado de abrojos y, cuando se persuadió Andrenio que ninguno iría por él, vió que muchos se apasionaban Vengativos. y había puñadas sobre cuál sería el primero. El carril de las bestias era el más trillado. Y preguntándole á un hombre, que lo parecía, cómo iba por allí, respondió que por no irse solo.
Glotones. Junto á éste estaba otro camino muy breve y todos los que iban por él hacían gran prevención de manjares y de regalos; mas no caminaban mucho, que más son los que mueren de ahito, que de hambre.
Pretendían algunos ir por el aire; pero desvanecíaseles la cabeza, con que caían. Y éstos de ordinario no daban en cielo ni en tierra.