¿Cómo puede ser eso, si dicen que ellos mismos los conservan?

Aguarda, yo digo lo que deberían hacer por oficio; pero está ya el mundo tan depravado, que los mismos remediadores de los males los causan en todo género de daños. Éstos, que habían de acabar las guerras, las alargan. Su empleo es pelear: que no tienen otros juros ni otra renta. Y, como acabada la guerra, quedarían sin oficio ni beneficio, ellos popan al enemigo, porque papan de él. ¿Para qué han de matar las centinelas al marqués de Pescara, si viven de él? ¡Que hasta el atambor sabe estos primores! Y así veréis que la guerra, Marqués
de Mortara.
que á lo más tirar estas nuestras barras pudiera durar un año, dura doce y fuera eterna, si la felicidad y el valor no se hubieran juntado hoy en un marqués de Mortara.

Lo mismo sienten todos de aquel otro, que también viene á caballo, para acabarlo todo. Éste tiene por asunto y aun obligación hacer de los malos buenos; pero él obra tan al revés, que de los buenos hace malos y de los malos peores. Éste trae guerra declarada contra la vida y la muerte: enemigo de entrambas, porque querría á los hombres ni mal muertos ni bien vivos; sino malos, que es un malísimo medio. Para poder él comer, hace de modo, que los otros no coman. Él engorda, cuando ellos enflaquecen. Mientras están entre sus manos, no pueden comer, y, si escapan de ellas, que sucede pocas veces, no les queda qué comer. Médicos. De suerte que éstos viven en gloria, cuando los demás en pena y así peores son que los verdugos. Porque aquéllos ponen toda su industria en no hacer penar y con lindo aire hacen que le falte al que pernea; pero éstos todo su estudio ponen en que pene y viva muriendo el enfermo. Y así aciertan los que les dan los males á destajo. Y es de advertir que donde hay más doctores hay más dolores. Esto dice de ellos la ojeriza común; pero engáñase en la venganza vulgar, porque yo tengo por cierto que del médico nadie puede decir ni bien ni mal: no antes de ponerse en sus manos, porque aún no tiene experiencia; no después, porque no tiene ya vida. Pero advertid que no hablo del médico material, sino de los morales, de los de la república y costumbres, que, en vez de remediar los achaques é indisposiciones por obligación, ellos mismos los conservan y aumentan, haciendo dependencia de lo que había de ser remedio.

¿Qué será, dijo Andrenio, que no vemos pasar ningún hombre de bien?

Cardenal Sandoval.
Conde
de Lemos.
Señor
archiduque
Leopoldo.
Señor D. Luis
de Haro.
Ésos, acudió Quirón, no pasan, porque eternamente duran: permanece inmortal su fama. Hállanse pocos y éstos están muy retirados. Oímoslos nombrar como al unicornio en la Arabia y al fénix en su Oriente. Con todo, si queréis ver alguno, buscad un cardenal Sandoval en Toledo, un conde de Lemos gobernando Aragón, un archiduque Leopoldo en Flandes. Y si queréis ver la integridad, la rectitud, la verdad y todo lo bueno, en uno, buscad un don Luis de Haro en el centro que merece.

Estaban en la mayor fuga del ver y extrañar monstruosidades, cuando Andrenio al hacer un grande extremo alzó los ojos y el grito al cielo, como si le hicieran ver las estrellas.

¿Qué es esto?, dijo. ¡Yo he perdido el tino de todo punto! ¡Qué cosa es andar entre desatinados! Achaque de contagio: hasta el cielo me parece que está trabucado y que el tiempo anda al revés. Pregunto, señores, ¿es día ó es noche? Mas no lo metamos en pareceres, que será confundirlo más.

Espera, dijo el Quirón; que no está el mal en el cielo, sino en el suelo. Que no sólo anda el mundo al revés, en orden al lugar; sino al tiempo. Ya los hombres han dado en hacer del día noche y de la noche día. Ahora se levanta aquél, cuando se había de acostar. Ahora sale de casa la otra con la estrella de Venus y volverá, cuando se ría de ella la aurora. Y es lo bueno que los que tan al revés viven El día noche. dicen ser la gente más ilustre y la más lucida; mas no falta quien afirma que, andando de noche como fieras, vivirán de día como brutos.

Esto ha sido, dijo Critilo, quedarnos á buenas noches y no me pesa, porque no hay cosa de ver.

¡Que á éste llamen mundo, ponderaba Andrenio! Hasta el nombre miente.