No quiero montes. Quita allá gigantes. ¿Leones? ¡Guarda!

Iban ya de carrera arrancada. Seguíales Critilo voceando:

Mira que vas engañado.

Y él respondía:

¡Vivir!, ¡vivir!, ¡virtud holgada!, ¡bondad al uso!

Seguidme, seguidme, repetía el falso Ermitaño, que éste es el atajo del vivir; que lo demás es un morir continuado.

Fuélos introduciendo por un camino encubierto y aun solapado entre arboledas y ensenadas, y al cabo de un laberinto con mil vueltas y revueltas dieron en una gran casa, harto artificiosa, que no fué vista hasta que estuvieron en ella. Parecía convento en el silencio y todo el mundo en la multitud. Todo era callar y obrar, hacer y no decir. Que aun campana no se tañía, por no hacer ruido: no se dé campanada. Era tan espaciosa y había tanta anchura, que cabrían en ella más de las tres partes del mundo y bien holgadas.

Casa
á obscuras.

Estaba entre unos montes, que la impedían el sol, coronada de árboles tan crecidos y tan espesos, que la quitaban la luz con sus verduras.

¡Qué poca luz tiene este convento!, dijo Andrenio.