Así conviene, respondió el Ermitaño: que donde se profesa tal virtud no convienen lucimientos.

Estaba la puerta patente y el portero muy sentado, por no cansarse en abrir. Tenía calzados unos zuecos de conchas de tartugas, desaliñadamente sucio y remendado.

Éste, dijo Critilo, á ser hembra, fuera la pereza.

¡Oh, no!, dijo el Ermitaño. No es, sino el sosiego. No nace aquello de dejamiento, sino de pobreza; no es suciedad, sino desprecio del mundo.

Saludóles, dando gracias de su linda vida. Intimóles luego, sin moverse, con un gancho, un letrero, que estaba encima de la puerta y decía con unas letras góticas:

Silencio.

Y comentóseles el Ermitaño:

Vivir
de tramoya.

Quiere decir que de aquí adentro no se dice lo que se siente, nadie habla claro; todos se entienden por señas, aquí callar y callemos.

Entraron en el claustro; pero muy cerrado: que es lo más cómodo para todos tiempos.