La casa de los que no están en ella.

¡Oh, señor, respondió, aquí no hay casa especial; toda la ciudad lo es!

De lo que mucho se maravillaba Andrenio era de ver locos de buen entendimiento.

Éstos, le dijo uno, son los peores, porque no tienen cura. He allí uno, que tiene el mayor entendimiento que se conoce; pero entendimiento, que menos sirva á su dueño, yo dudo que le haya.

¡Oh casa de Dios, exclamó Critilo, poblada de orates!

Mas al decir esto se enfurecieron todos y arremetieron contra ellos de todas partes y naciones. Viéronse rodeados en un instante de mentecatos, sin poderse defender dellos ni ponerles en razón. Aquí el Gigante, echando mano á la cinta, descolgó una bocina de marfil terso y puro y aplicándola á la boca comenzó á hacer un son tan desapacible para ellos, que todos al punto, volviendo las espaldas, se echaron á huir y se retiraron, aunque no con buen orden. Con esto se vieron libres de su furia, quedándoles el paso desembarazado. Admirado Andrenio, le preguntó si era acaso aquél el cuerno de Astolfo tan celebrado.

Primo hermano dél; aunque más moral es éste. Lo que yo puedo decir es que me lo dió la misma Verdad. Con él me he librado muchas veces y de terribles trances. Porque, como habéis visto, en oyendo cada uno la verdad, luego vuelve las espaldas, unos tras otros se van y me dejan estar. Todos veréis que enmudecen, en oyendo que les dicen las verdades, se van más que de paso. En diciéndole al otro desvanecido que advierta, que no tiene de qué, que se acuerde de su abuelo, al punto se hiela. Si le decís al magnate que no adjetive lo grande con lo vicioso, luego os tuerce el rostro. Si le decís á la otra que no parece tan bien como se pinta, aunque sea un ángel, os para un gesto de un demonio. Si le acordáis al rico la limosna y que todos los pobres le echan maldiciones, luego se sacude la capa y os sacude de sí. Si al soldado que lo sea en la conciencia y no la tendrá tan rota, si á Baldo que no sea venal ni admita todas las causas, si al marido que no sea siempre novio, si al médico que no se mate por matar, si al juez que no se equivoque con Judas, si á la doncella que no comienza ya bien con el don, ni la dama con el dar, si á la bella casada que escuse el vella, todos vuelven las espaldas. De modo que, en resonando el odioso cuerno de la verdad, veréis que el pariente os niega, el amigo se retira, el señor desfavorece, todo el mundo os deja y todos van gritando:

¡Á huir á huir!, por no oir.

Despejado el paso de la vida, fuéronse encaminando á los canos Alpes, distrito de la temida Vejecia. Lo que por allá les sucedió ofrece referir la tercera parte en el erizado invierno de la vejez.