Ahí verás el milagro de nuestra Hipocrinda, que siendo lo que tú dices, le hace parecer un bendito. Tanto, que está ya consultado en un gran cargo, en competencia de otro de casa de Virtelia, y se tiene por cierto que le ha de hurtar la bendición. Y cuando no, trata de irse á Aragón, donde muera de viejo.

¡Qué lucido está aquel otro!, dijo Critilo.

Es honra de la penitencia, respondió el Ermitaño, y aunque tan bueno, no puede tenerse en pie ni acierta á dar un paso.

Bien lo creo, que no andará muy derecho.

Pues sabed que es un hombre muy mortificado: nadie le ha visto comer jamás.

Eso creeré yo: que á nadie convida, con ninguno parte; todo es predicar ayuno y no miente. Que en habiéndose comido un capón, con verdad dice: ay uno. Yo juraré por él que en muchos años no se ha visto un pecho de perdiz en la boca.

Y yo también.

Y tras toda esta austeridad, que usa consigo, es muy suave.

Así lo entiendo: suave de día y su ave de noche. ¿Mas cómo está tan lucido?

Ahí verás la buena conciencia. Tiene buen buche, no se ahoga con poco ni se ahita con cosillas. Engorda con la merced de Dios y así todos le echan mil bendiciones. Pero entremos en su celda, que es muy devota.