Recibiólos con mucha caridad y franqueóles una alhacena no tan á secas, que no fuese de regadío, dando fruto de dulces, perniles y otros regalos.
¿Así se ayuna?, dijo Critilo.
Y así hay una gentil bota, respondió el Ermitaño. Éstos son los milagros desta casa, que siendo éste antes tenido por un Epicuro, en tomando tan buena capa, se ha trocado de modo, que compite con un Macario. Y es tanta verdad ésta, que antes de mucho le veréis con una dignidad.
¿También hay soldados cofadres de la apariencia?, preguntó Andrenio.
Y son los mejores, respondió el Ermitaño. Tan buenos cristianos, que aun al enemigo no le quieren hacer mala cara, con que no le querrían ver. Soldado
hipócrita. ¿No ves aquél? Pues, en dando un Santiago, se mete á peregrino. En su vida se sabe que haya hecho mal á nadie. No tengan miedo que él beba de la sangre de su contrario. Aquellas plumas, que tremola, yo juraría que son más de Santo Domingo de la Calzada, que de Santiago. El día de la muestra es soldado y el de la batalla, Ermitaño. Más hace él con un lanzón, que otros con una pica. Sus armas siempre fueron dobles. Desde que tomó capa de valiente, es un Ruy Díaz atildado. Es de tan sano corazón, que siempre le hallarán en el cuartel de la salud. No es nada vanaglorioso y así suele decir que más quiere escudos, que armas. En dando un espaldar al enemigo, acude al consejo con un peto y así es tenido por un buen soldado, muy aplaudido y en competencia de dos Bernardos está consultado en un generalato. Y dicen que él será el hombre y los otros se lo jugarán. Que aquí más importa el parecer, que el ser.
Sabiduría
aparente.
Aquel otro es tenido por un pozo de sabiduría, más honda que profunda. Y él dice que en eso está su gozo. Aquí más valen testos, que testa. Nunca se cansa de estudiar. Su mayor conceto dice ser el que dél se tiene y aun todos los ajenos nos vende por suyos, que para eso compra los libros. De letras, menos de la mitad basta y lo demás de fortuna. Que el aplauso más ruido hace en vacío. Y al fin, más fácil es y menos cuesta el ser tenido por docto, por valiente y por bueno, que el serlo.
¿De qué sirven, preguntó Andrenio, tantas estatuas como aquí tenéis?
¡Oh!, dijo el Ermitaño, son ídolos de la imaginación, fantasmas de la apariencia. Todas están vacías y hacemos creer que están llenas de sustancia y solidez. Métese uno por dentro en la de un sabio y húrtale la voz y las palabras; otro en la de un señor y á todos manda y todos sin réplica le obedecen, pensando que habla el poderoso y no es sino un vergante. Ésta tiene la nariz de cera, que se la tuercen y retuercen como quieren la información y la pasión, ya al derecho, ya al siniestro, y ella pasa por todo. Mirad bien, reparad en aquel ministro de Justicia, ¡qué celoso, qué justiciero se muestra! No hay alcalde Ronquillo rancio ni fresco Quiñones, que le llegue. Con nadie se ahorra y con todos se viste, á todos les va quitando las ocasiones del mal, para quedarse con ellas. Siempre va en busca de ruindades y con ese título entra en todas las casas ruines libremente, desarma los valientes y hace en su casa una armería. Destierra los ladrones, por quedar él solo. Siempre va repitiendo ¡justicia! mas no por su casa. Y todo esto con buen título y aun colorado.
Vieron otros dos, que con nombre de celosos eran dos grandísimos impertinentes. Todo lo querían remediar y todo lo inquietaban, sin dejar vivir á nadie, diciendo se perdía el mundo y ellos eran los más perdidos. Á esta traza iban encontrando raros milagros de la apariencia, estrañas maravillas de la hipocresía, que engañaran á un Ulises.