Oficina
de hipócritas.
Cada día acontece, ponderaba el Ermitaño, salir de aquí un sujeto, amoldado en esta oficina, instruído en esta escuela, en competencia de otro de aquella de arriba, de la verdadera y sólida virtud, pretendiendo ambos una dignidad, y parecer éste mil veces mejor, hallar más favor, tener más amigos y quedarse el otro corrido y aun cansado. Porque los más en el mundo no conocen ni examinan lo que cada uno es; sino lo que parece. Y creedme que de lejos tanto brilla un claveque como un diamante. Pocos conocen las finas virtudes ni saben distinguirlas de las falsas. Veis allí un hombre más liviano que un bofe y parece en lo exterior más grave que un presidente.
¿Cómo es eso?, dijo Andrenio. Que querría aprender esta arte de hacer parecer. ¿Cómo se hacen estos plausibles milagros?
Yo os lo diré. Aquí tenemos variedad de formas para amoldar cualquier sujeto, por incapaz que sea, y ajustarle de pies á cabeza. Arte
de artimaña. Si pretende alguna dignidad, le hacemos luego cargado de espaldas; si casamiento, que ande más derecho que un huso; y, aunque sea un chisgaravís, le hacemos que muestre autoridad, que ande á espacio, hable pausado, arquee las cejas, pare gesto de ministro y de misterio, y para subir alto, que hable bajo. Ponémosle unos antojos, aunque vea más que un lince, que autorizan grandemente. Y más, cuando los desenvaina y se los calza en una gran nariz y se pone á mirar de á caballo, hace estremecer los mirados.
Á más desto tenemos muchas maneras de tintes, que de la noche á la mañana transfiguran las personas, de un cuervo en un cisne callado y que, si hablare, sea dulcemente, palabras confitadas. Si tenía piel de víbora, le damos un baño de paloma, de modo, que no muestre la hiel, aunque la tenga, ni se enoje jamás, porque se pierde en un instante de cólera cuanto se ha ganado de crédito y de juicio en toda la vida. Mucho menos muestre asomo de liviandad ni en el dicho ni en el hecho.
Vieron uno, que estaba escupiendo y haciendo grandes ascos.
¿Qué tiene éste?, preguntó Andrenio.
Acércate y le oirás decir mucho mal de las mujeres y de sus trajes.
Cerraba los ojos por no verlas.
Éste sí, dijo el Ermitaño, que es cauto.