¿Y quién será ese? Decidlo, le levantaremos una estatua. ¿Cuál será el confiado, que no le puedan estrellar una verdad entre ceja y ceja y aun darle con muchas por la cara? Y á fe, que escuecen mucho y por muchos días. Líbreos Dios de una valiente zurra de verdades. Pican que abrasan. Y sino, veamos. Díganle á la otra lo que le dijo don Pedro de Toledo:
Mire, que le diré peor, que tal.
Y replicando ella:
¿Qué me dirá?
Peor que vieja.
Plántenle al otro lucifer una verdad en un cedulón y veréis lo que se endiabla. Acuérdenle al más estirado lo que él más olvida, al más pintado sus borroncillos, píquenle con la lezna al desvanecido, díganle al otro rico que lo ganó por su pico su abuelo, que vuelva la mira atrás al que se hace tan adelante, acuérdenle lo de los pasteles al que hoy asquea los faisanes, de su cuartana al león y á la fénix de lo gusano. No os admiréis que huigamos de la verdad, que es traviesa y atraviesa el corazón. Veis allí tendido un gigante de la hinchazón, que le mató un niño y con un alfiler y hay quien dice se la vendió su abuelo. Mas él se tiene la culpa. Que hiciera orejas de mercader. Digo, pues, que no hagáis admiraciones de que todos corran de corridos.
¿De qué huyen aquellos soldados? decía Andrenio.
Porque no les digan que huyeron y que son de los de fugerunt, fugerunt.
Venía uno gritando, ¡verdad, verdad!; pero no por mi boca, menos por mis orejas.
Déstos toparéis muchos. Todos querrían les tratasen verdad y ellos no tomarla en la boca.