Todas.
Ahora vendrá bien aquello de noche mala y parir hija. ¿Por qué no pare cada año y no hacer tripa de verdades?
¡Oh, sí! ¿No hay más de desbuchar? Antes concibe en un siglo, para parir en otro.
¿Pues serán ya verdades rancias?
No á fe; sino eternas. ¿No sabes tú que las verdades son de casta de azarolas, que las podridas son las maduras y más suaves y las crudas las coloradas? Aquéllas, que hacen saltar los colores al rostro, son intratables, sólo las puede tragar un vizcaíno.
Sin duda, que allá en aquellos dorados siglos debía parir esta verdad cada día.
Menos, porque no había que decir. No concebía; todo se estaba dicho. Mas agora no puede hablar y revienta. Vase deteniendo, como la preñada erizo, que cuanto más tarda, más siente las punzas de los hijuelos y teme más el echarlos á luz. Ora, ¡qué de cosas raras tendrá guardadas en aquellas ensenadas de su notar y advertir! Por eso decía un atento: casar y callar. ¡Qué hermosos partos! ¡Qué de bellezas desbuchará!
Antes sospecho yo, dijo Critilo, que han de ser horribles monstruosidades, desaciertos increíbles, valientes desatinos, cosas al fin sin pies ni cabeza, que, si fueran aciertos, bulleran panegíricos.
Sean lo que fueren, decía el Adevino, ellas han de salir. Ella no conciba. Que, si una vez se empreña, ó reventar ó parir. Que, como dijo el mayor de los sabios ¿quién podrá detener la palabra concebida?
¿Díme, preguntó Andrenio, nunca se ha rezumado, siquiera discurrido lo que parirá esta verdad? ¿Será hijo ó hija? ¿Qué, mienten las comadres? ¿Qué, adulan los físicos? ¿No corre algún disparate claro de un tan sellado secreto?