Aquí hallaron los hombres sin artificio, las mujeres sin enredo, gente sin tramoya.

¿Qué hombres son éstos, decía Critilo, y de dónde han salido, tan opuestos con los que por allá corren? No me harto de verlos, tratarlos y conocerlos. Esto sí que es vivir, éste cielo es, que no mundo. Ya creo agora todo cuanto me dicen sin escrúpulo alguno ni temor de engaño; que antes no hacía mas que suspender el juicio y tomar un año para creer las cosas. ¿Hay mayor felicidad que vivir entre hombres de bien, de verdad de conciencia y entereza? Dios me libre de volver á los otros, que por allá se usan.

Pero duróle poco el contento. Porque, yéndose encaminando hacia la plaza Mayor, donde se lograba el transparente alcázar de la Verdad triunfante, oyeron antes de llegar allá unas descomunales voces, como salidas de las gargantas de algún gigante, que decían:

¡Guarda el monstruo, huye el coco! ¡Á huir todo el mundo, que ha parido ya la Verdad el hijo feo, el odioso, el abominable! ¡Que viene, que vuela, que llega!

Á esta espantosa voz echaron todos á huir, sin aguardarse unos á otros, á necio el postrero. Hasta el mismo Critilo, ¿quién tal creyera?, llevado del vulgar escándalo, cuando no ejemplo, se metió en fuga; por más que el Acertador le procuró detener con razones y con ruegos.

¿Dónde vas?, le gritaba.

Donde me llevan.

Mira que huyes de un cielo.

Pongamos cielo en medio.

Quien quisiere saber qué monstruo, qué tan espantoso fuese aquel feo hijo de una tan hermosa madre y dónde fueron á parar nuestros asustados peregrinos, trate de seguirlos hasta la otra Crisi.