¿Quién había de ser, respondió Andrenio, sino un monstruo tan fiero, un trasgo tan aborrecible, que aún me dura el espanto de haberle visto?
Pues hágote saber que era el odio, el primogénito de la Verdad. Ella le engendra, cuando los otros le conciben, y ella le pare con dolor ajeno.
Aguarda, dijo Critilo, y aquel otro hijo también de la Verdad tan celebrado de lindo, que no tuvimos suerte de verle, ni tratarle, ¿quién era?
Ése es el postrero, el que llega tarde. Á ése os quiero yo llevar agora para que le conozcáis y gocéis de su buen trato, discreción y respeto.
Pero, ¡que no tuviésemos suerte de ver la Verdad, se lamentaba Andrenio, ni aun esta vez, estando tan cerca, especialmente en su elemento! Que dicen es muy hermosa. No me puedo consolar.
¿Cómo qué? ¿No la viste?, replicó el Descifrador, que así dijo se llamaba. Ése es el engaño de muchos, que nunca conocen la Verdad en sí mismos, sino en los otros, y así verás que alcanzan lo que le está mal al vecino, al amigo, lo que debieran hacer, y lo dicen y lo hablan; y para sí mismos ni saben ni entienden. En llegando á sus cosas, desatinan de modo, que en las cosas ajenas son unos linces y en las suyas unos topos. Saben cómo vive la hija del otro y en qué pasos anda la mujer del vecino, y de la suya propia están muy ajenos. ¿Pero no viste alguna de tantas bellísimas hembras, que por allí discurrían?
Sí, muchas y bien lindas.
Pues todas ésas eran Verdades, cuanto más ancianas, más hermosas. Que el tiempo, que todo lo desluce, á la Verdad la embellece.
Sin duda, añadió Critilo, que aquella coronada de álamo, como reina de los tiempos, con hojas blancas de los días y negras de las noches, ¿era la Verdad?
La misma.