Yo la besé, dijo Andrenio, la una de sus blancas manos y la sentí tan amarga, que aún me dura el sinsabor.
Pues yo, dijo Critilo, la besé la otra al mismo tiempo y la hallé de azúcar. Mas ¡qué linda estaba y muy de día! Todos los treinta y tres treses de hermosura se los conté uno por uno. Ella era blanca en tres cosas, colorada en otras tres, crecida en tres y así de los demás. Pero entre todas estas perfecciones excedía la de la pequeña y dulce boca, brollador de ámbar.
Pues á mí, replicó Andrenio, me pareció toda al contrario y, aunque pocas cosas me suelen desagradar, ésta por estremo.
Paréceme, dijo el Descifrador, que vivís ambos muy opuestos en genio: lo que al uno le agrada, al otro le descontenta.
Á mí, dijo Critilo, pocas cosas me satisfacen del todo.
Pues á mí, dijo Andrenio, pocas dejan de contentarme, porque en todas hallo yo mucho bueno y procuro gozar dellas, tales cuales son, mientras no se topan otras mejores. Y éste es mi vivir, al uso de los acomodados.
Y aun necios, replicó Critilo.
Interpúsose el Descifrador:
Ya os dije que todo cuanto hay en el mundo pasa en cifra: el bueno, el malo, el ignorante y el sabio. El amigo le toparéis en cifra y aun el pariente y el hermano, hasta los padres y hijos; que las mujeres y los maridos es cosa cierta. ¡Cuanto más los suegros y cuñados, el dote fiado y la suegra de contado! Las más de las cosas no son las que se leen. Ya no hay entender pan por pan, sino por tierra; ni vino por vino, sino por agua. Que hasta los elementos están cifrados en los elementos: ¿qué serán los hombres? Donde pensaréis que hay sustancia, todo es circunstancia, y lo que parece más sólido, es más hueco, y toda cosa hueca, vacía. Solas las mujeres parecen lo que son y son lo que parecen.
¿Cómo puede ser eso, replicó Andrenio, si todas ellas de pies á cabeza no son otro que una mentirosa lisonja?