Yo te lo diré. Porque las más parecen malas y realmente que lo son. De modo que es menester ser uno muy buen letor para no leerlo todo al revés, llevando muy manual la contracifra, para ver, si el que os hace mucha cortesía, quiere engañaros; si el que besa la mano, querría morderla; si el que gasta mejor prosa, os hace la copla; si el que promete mucho, cumplirá nada; si el que ofrece ayudar, tira á descuidar para salir él con la pretensión. La lástima es que hay malísimos letores, que entienden C por B y fuera mejor D por C. No están al cabo de las cifras ni las entienden, no han estudiado la materia de intenciones, que es la más dificultosa de cuantas hay. Yo os confieso ingenuamente que anduve muchos años tan á ciegas como vosotros, hasta que tuve suerte de topar con este nuevo arte de descifrar, que llaman de discurrir los entendidos.

Pues díme, preguntó Andrenio, éstos que vamos encontrando ¿no son hombres en todo el mundo y aquellas otras no son bestias?

¡Qué bien lo entiendes!, le respondió en pocas palabras y mucha risa. He, que no lees cosa á derechas. Advierte que los más, que parecen hombres, no lo son, sino diptongos.

¿Qué cosa es diptongo?

Una rara mezcla. Diptongo es un hombre con voz de mujer y una mujer, que habla como hombre. Diptongo es un marido con melindres y la mujer con calzones. Diptongo es un niño de sesenta años y uno sin camisa, crujiendo seda. Diptongo es un francés injerto en español, que es la peor mezcla de cuantas hay. Diptongo hay de amo y mozo.

¿Cómo puede ser eso?

Bien mal. Un señor en servicio de su mismo criado. Hasta de ángel y de demonio le hay, serafín en la cara y duende en el alma. Diptongo hay de sol y de luna en la variedad y belleza. Diptongo toparéis de sí y de no. Y diptongo es un monjil forrado de verde. Los más son diptongos en el mundo. Unos compuestos de fieras y hombres, otros de hombres y bestias, cuál de político y raposo y cuál de lobo y avaro, de hombre y gallina. Muchos bravos de hipogrifos, muchas tías y de lobas, las sobrinas de micos, y de hombres los pequeños, y los agigantados de la gran bestia. Hallaréis los más vacíos de sustancia y rebutidos de impertinencia. Que conversar con un necio no es otro que estar toda una tarde sacando pajas de una albarda. Los indoctos afectados son buñuelos sin miel y los podridos, bizcochos de galera. Aquel tan tieso cuan enfadoso es diptongo de hombre y estatua: y déstos toparéis muchos. Aquel otro, que os parece un Hércules con clava, no es sino con rueca: que son muchos los diptongos afeminados. Los peores son los caricompuestos de virtud y de vicio, que abrasan el mundo. Pues no hay mayor enemigo de la verdad, que la verisimilitud, así como los de hipócrita malicia. Veréis hombres comunes injertos en particulares y mecánicos en nobles. Aunque veáis algunos con vellocino de oro, advertid que son borregos y que los Cornelios son ya Tácitos y los Lucios, Apuleyos. ¿Pero qué mucho, si aun en las mismas frutas hay diptongos, que compraréis peras y comeréis manzanas y compraréis manzanas y os las dirán que son peras?

¿Qué os diré de las paréntesis? Aquellas que ni hacen ni deshacen en la oración, hombres que ni atan ni desatan, no sirven sino de embarazar el mundo. Hacen algunos número de cuarto Conde y quinto Duque en sus ilustres casas, añadiendo cantidad, no calidad. Que hay paréntesis del valor y digresiones de la fama. ¡Oh, cuántos déstos no vinieron á propósito ni á tiempo!

De verdad, dijo Critilo, que me va contentando este arte de descifrar y aun digo que no se puede dar un paso sin él.

¿Cuántas cifras habrá en el mundo?, preguntó Andrenio.