Y al otro:

Tú eres un simple en seco y sin llover. Tú una necia y tú una fea.

¡Mirá quién le había de esperar, cuando no hay cosa más pesada, que una verdad no pensada! Siempre andaba diciendo:

¡Qué mal hiciste, qué mal lo pensaste, qué mala resolución la tuya!

He, quitádmelo delante, no le vea más de mis ojos.

Lo que yo más siento, ponderaba Critilo, fué el perderle, cuando más le deseaba, cuando había de descifrarnos al mismo Descifrador, que estaba leyendo cátedra de embustes en medio la gran plaza de las apariencias.

¿Pues qué os pareció de aquella afectación de unos en acreditar las cosas y los sujetos, y la vulgaridad de los otros en creerlo? ¿Aquel dar en una opinión tanto necio? Aquélla es la tiranía de la fama hechiza, el monopolio de la alabanza. Apodéranse del crédito cuatro ó cinco embusteros aduladores y cierran el paso á la Verdad con el afectado artificio de que no lo entienden los otros y que es necio el que dice lo contrario. Y así veréis que los ignorantes se lo beben, los lisonjeros lo aplauden y los sabios no osan chistar. Conque triunfa Aragne contra Palas, Marsias contra Apolo. Y pasa la necedad por sutileza y la ignorancia por sabiduría.

¡Oh cuántos autores hay hoy muy acreditados por esta opinión común, sin haber hombre que se les atreva! ¡Cuántos libros y cuántas obras en gran predicamento, que bien examinados no merecen el crédito que gozan! Pero yo me guardaré muy bien de poner nota en quien tiene estrella. ¡Cuántos sujetos sin valor y sin saber son celebrados á esta traza, sin haber hombre, que ose hablar, sino algún desesperado Bocalini!

Si dan en decir que una es linda, lo ha de ser, aunque sea un trasgo. Si dan en que uno es sabio, se saldrá con ello, aunque sea un idiota. Si en que es gran pintura, aunque sea un borrón. Y de éstas toparéis mil vulgaridades. Tal es la tiranía de la afectada fama, la violencia del dar á entender todo lo contrario de lo que las cosas son. De suerte que hoy todo está en opinión y según como se toman las cosas.

Pero ¡qué gran arte aquella del descifrar!, ponderaba Critilo. No sé qué me diera por saberla. Que me pareció de las más importantes para la humana vida.