Nada de eso soy.

¿Pues qué eres, que no te queda ya que ser, sino algún político ó un veneciano estadista?

Yo soy, dijo, el Veedor de todo.

Explícate, que menos te entiendo.

¿Nunca habéis oído nombrar los zahoríes?

Aguarda, ¿aquel disparate vulgar? ¿Aquella necedad celebrada?

¿Cómo necedad?, les replicó. Zahoríes hay tan ciertos como perspicaces: por señas, que yo soy uno de ellos. Yo veo clarísimamente los corazones de todos, aun los más cerrados, como si fuesen de cristal. Y lo que por ellos pasa, como si lo tocase con las manos: que todos para mí llevan el alma en la palma. Vosotros, los que no gozáis de esta eminencia, asegúroos que no veis la mitad de las cosas ni la centésima parte de lo que hay que ver en el mundo. No veis sino la superficie, no ahondáis con la vista. Y así os engañáis siete veces al día. Hombres al fin superficiales. Pero á los que descubrimos cuanto pasa allá en las ensenadas de una interioridad, acullá dentro en el fondo de las intenciones, no hay echarnos dado falso. Somos tan tahures del discurrir, que brujuleamos por el semblante lo más delicado del pensar. Con sólo un ademán tenemos harto.

¿Qué puedes tú ver, replicó Andrenio, más de lo que vemos nosotros?

Sí y mucho. Yo llego á ver la misma sustancia de las cosas en una ojeada y no solos los accidentes y las apariencias, como vosotros. Yo conozco luego si hay sustancia en un sujeto, mido el fondo que tiene, descubro lo que tira y dónde alcanza, hasta dónde se estiende la esfera de su actividad, dónde llega su saber y su entender, cuánto ahonda su prudencia. Veo si tiene corazoncillo y el que bravos hígados y si se le han convertido en bazo. Pues el seso, yo le veo con tanta distinción, como si estuviese en un vidrio. Si está en su lugar, que algunos le tienen á un lado; si maduro ó verde. En viendo un sujeto, conozco lo que pesa y lo que piensa. Otra cosa más, que he topado muchos, que no tenían la lengua trabada con el corazón ni los ojos unidos con el seso, con dependencia dél. Otros, que no tienen hiel.

¡Qué linda vida pasarán ésos!, dijo Critilo.