Publicábanse libros y libelos, pasando de mano en mano, sin saberse el original. Y había autor, que, después de muchos años enterrado, componía libros y con harto ingenio, cuando no había ya ni memoria dél. Entremetiéronse en los más íntimos retretes, alcobas y camarines, donde toparon varias sombras de trasgos y de duendes, nocturnas visiones, que, aunque se decía no hacían daño, no era pequeño el robar la fama y descalabrar la honra. Andaban á escuras buscando los soles, los trasgos tras los ángeles. Aunque decía bien uno que las hermosas son diablos con caras de mujeres y las feas son mujeres con caras de diablos. Mas en esto de duendes los había estremados, que arrojaban piedras crueles, tirando al aire y aun al desaire, que abrían una honra de medio á medio. Y era de notar que las más locas acciones se obraban bajo cuerda, sin poder atinar con el intento ni el brazo: que fueron siempre muy otros los títulos, que se dan á las cosas, de los verdaderos motivos por que se hacían. Caían muchas habas negras, que mascaraban mucho á muchos, sin atinar quién las echaba. Y tal vez salían de la mano del más confidente. Y así aconsejaba bien el sabio á no comerlas, por ser de perversa digestión y mal alimento.
Agora verás, le dijo el Zahorí, á vista de tal confusión de invisibilidades, si tuvo razón aquel otro filósofo, aunque se burlaron dél y hicieron fisga los más bachilleres.
¿Y qué decía el tal estoico?
Que no había verdaderos colores en los objetos. Que el verde no es verde ni el colorado, colorado; sino que todo consiste en las diferentes disposiciones de las superficies y en la luz que las baña.
¡Rara paradoja!, dijo Critilo.
Y el Veedor:
Pues advierte que es la misma verdad y así verás cada día que de una misma cosa uno dice blanco y otro negro. Según concibe cada uno ó según percibe, así le da el color que quiere, conforme al afecto y no al efecto. No son las cosas mas de como se toman. Que de lo que hizo admiración Roma hizo donaire Grecia. Los más en el mundo son tintoreros y dan el color que les está bien al negocio, á la hazaña, á la empresa y al suceso. Informa cada uno á su modo: que según es la afición, así es la afectación. Habla cada uno de la feria, según le fué en ella. Pintar como querer. Que tanto es menester atender á la cosa alabada ó vituperada, como al que alaba ó vitupera. Ésta es la causa que de una hora para otra están las cosas de diferente data y muy de otro color. ¿Pues qué es menester ya para hacer verbo de lo que se habla y de lo que se dice y de lo que corre? Aquí es el mayor encanto. No hay poder averiguar cosa de cierto. Así que es menester valerse del arte de discurrir y aun adivinar y no porque se hable en otra lengua que la del mismo país; pero con el artificio del hacer correr la voz y pasar la palabra, parece todo algarabía.
Había al revés otros, que se hacían invisibles á ratos, el día que más eran menester en el trabajo, en la enfermedad, en la prisión, en la hora de hacer la fianza. Olían los males de cien leguas y huían de ellos otras tantas; pero pasada la borrasca, se aparecían como santelmos. Á la hora del comer se hacían muy visibles y más, si olían el capón de leche ó de Caspe, en la huelga, en el merendón, al dar barato, que no había librarse dellos; al punto se los hallaba un hombre al lado y en todas partes.
Sin duda, decía Critilo, que éstos son demonios meridianos, pues todo el día andan asombrados y á la hora del comer se nos comen por pies. Cuando más son menester, se ocultan y, cuando menos, se aparecen.
Sentían gorjear á Andrenio; mas sin verle. Que, en entrando allí, se había hecho invisible, muy hallado con el encanto, cuando más perdido en el común embeleco. Sentía Critilo en no atinar con él ni percibir de qué color estaba ni en qué pasos andaba, porque todos afectaban el negarse al conocimiento ajeno, que es tahurería el no jugar á juego descubierto. Hasta el hijo se celaba al padre y la mujer se recelaba del marido, el amigo no se concedía todo al mayor amigo. Ninguno había, que en todo procediese liso ni aun con el más confidente. Era muy aborrecida la luz, de unos por lo hipócrita, de otros por lo político, por lo vicioso y maligno. Maleábase Critilo de no poder dar alcance á su buscado Andrenio, descubriendo su nuevo modo de vivir de tramoya.