Lo que fué mucho de ver, la sala de los presentes, que no de los pasados. Y aquí notaron los raros modos por donde venían los sobornos, los varios caminos por do llegaban los cohechos, la lámina preciosa por devoción, la pieza rica por cosa de gusto, la vajilla de oro por agradecimiento, el cestillo de perlas por cortesía, la fuente de doblones para alegrar la sangría, vaciando las venas y llenando la bolsa, los perniles para el unto, los capones para regalo y los dulces por chuchería.
Señor Zahorí, decía Critilo, ¿cómo es esto, que los presentes antes estaban helados y ahora vienen llovidos?
He, le respondía, ¿no veis que las cargas siguen á los cargos? Y es de notar que todo venía por el aire y en el aire.
Raro palacio es éste, censuraba Andrenio, que sin cansarse los hombres, coman y beban, vistan y luzgan á pie quedo y á manos holgadas. ¡Valiente encanto! Y porfiaban algunos que no hay palacios encantados y se burlan y ríen, cuando los oyen pintar. De ellos me río yo, aquí los quisiera ver.
Lo que á mí más me admira, decía Critilo, es ver cómo se hacen las personas invisibles, no sólo los pequeños y los flacos, que eso no sería mucho, pero los muy grandes y que lo son mucho para escondidos; no sólo los flacos y exprimidos, pero los gordos y los godos, que no se dejan ver ni hablar ni parecen. En habiendo menester alguno que os importe, no le toparéis ni hay darle alcance: nunca están en casa. Y así decía uno:
¿No come ni duerme este hombre, que á ninguna hora le topo?
¿Pues qué, si ha de pagar ó prestar? No le hallaréis en todo el año. Hombre había, que se le sentía hablar y se negaba y él mismo decía:
Decidle que no estoy en casa.
Las mujeres entre mantos de humo envolvían mucha confusión y se hacían tan invisibles, que sus mismos maridos las desconocían y los propios hermanos, cuando las encontraban callejeando. Corrían voces, dejando á muchos muy corridos, y no se sabía quién las echaba ni de dónde salían; antes decían todos:
Esto se dice; no me deis á mí por autor.