Y señalóle unos bien señalados.
Aquéllos sí que tragan, pues, millones enteros.
¡Qué bravos estómagos, oh avestruces de plata!
Dejaron ésta y pasaron á otra sala, que parecía el vestuario, y aquí vieron sobre bufetes moscovitas muchos tabaques indianos con ricas y vistosas galas, lamas de Milán, telas de Nápoles, brocados y bordados, sin saberse quién los cosió ni de dónde venían. Echábase voz que eran para la casta Penélope y servían después para la Tais y la Flora. Decíase que para la honesta consorte y rozábalas la ramera. Todo se hacía invisible, todo noche y todo encanto. Había unas grandes fuentes, que brindaban hilos de perlas á unas y hacían saltar hilo á hilo las lágrimas á otras, á la mujer legítima y á la recatada hija. Chorrillos de diamantes, dichos así con propriedad, porque ya se ha hecho chorrillo del pedir. Salía la otra transformada de Guinea en una India de rubíes y esmeraldas, sin costarle al marido ó al hermano ni aun una palabra.
¿De dónde tanta riqueza, Zahorí mío?
Y él:
¿De dónde? De esas fuentes. Ahí mismo manan. Que por eso se llamaron fuentes, porque son brulladores de perlas entre arenas de oro, riéndose de tanto necio.
Llegaban los maridos y vestían muy á lo príncipe. Calzábanse el sombrero de castor á costa del menos casto. Sacaban ellas las randas al aire de su loca vanidad y todo paraba en aire. Aquí toparon el caballero del milagro y, no uno solo, sino muchos de aquellos que visten y comen, pasean y campan, sin saberse cómo ni de qué.
¿Qué es esto?, decía Critilo. ¿Al que tiene lucida hacienda, rentas pingües, juros y posesiones, le pone grima el vivir, el poder pasar; y éstos, que no tienen dónde caer muertos, lucen, campan y triunfan?
¿No ves tú, respondía el Zahorí, que á éstos nunca se les apedrean las viñas, jamás se les anieblan las hazas, no les llevan las avenidas los molinos, no se les mueren los ganados, por maravilla tienen desgracia alguna y así viven de gracia y chanza?